BIOGRAFIA

 

Víctor Delfín Ramírez (n. en Lobitos, Piura, Perú; 20 de diciembre de 1927).  Sus padres Ruperto Delfín Atiaja  y su madre Santos Ramírez Puescas, tiene diez hijos y su esposa actual la fotógrafa Ana María Ortiz.  Su obra a dejado una impronta significativa en el arte peruano de las últimas décadas.  Su trabajo como escultor del metal desde mediados de los años sesenta, con sus series los Retablos, El Bestiario y Aves de América, definió gran parte del panorama de la escultura  por mas de una década.  Posteriormente su regreso a la pintura, el grabado, la talla en madera o la construcción de imponentes monumentos una obra que trasciende las fronteras y se a convertido en un ícono de Lima la Escultura El Beso / 1993, que se encuentra ubicado en el Parque del Amor de Miraflores,representan dos cholos peruanos auto-retrato del artista y su musa su actual esposa.  Ha  tenido una decisiva presencia en la escena social y en defensa de los derechos humanos en nuestro país.

Invitación a ingresar al mundo de Delfin
VICTOR DELFIN... UN CREADOR PERUANO

 

Índice

BIOGRAFIA INDICE 3 3 17

01.Introducción         02. Infancia        03. Pasión de crear        04. Escuela Nacional de Bellas Artes       05. La selva        06. Tingo María
07.
Premio Municipal de pintura Ignacio Merino             08. Escuela de Bellas Artes de Juliaca              09. Taller en el corazón de Lima
10.
Santiago de Chile      11. Raíces estéticas      12. Retablos      13. Arte popular     14. Museos de Arte Precolombino     15. Bestiario
16.
Valores Estéticos     17. Otras series   18. Vena Artística 19. El Beso   20. Corretea una estrella  21. Siguiendo con la vena Artística
22. Los Animales           23. Creatividad sin fronteras           24. Retratos        25. Naturalezas muertas        26. Andanzas por la Historia  
 27. Cuando la realidad      28. Abanico de la realidad      29. Condecoraciones      30. Ochenta y tantos años

01 Introducción

01 BIOGRAFIA Introduccion

Cuando uno se regala unos días para mirar la obra de Víctor Delfín, termina preguntándose qué condiciones favorecieron al artista para que se desarrollara, creciera y se manifestara como escultor, pintor, grabador y diseñador de joyas y tapices. Es claro que la respuesta no la encontraremos en su obra. La encontraremos en su trayectoria de vida. La obra de arte es el mapamundi del espíritu del artista; el mapa de su naturaleza ambigua; el croquis de su interioridad. La obra de arte es una manifestación física de las ideas, fantasías e intuiciones del artista. Es también un testimonio de la época: de la realidad espiritual, social y política que le toca vivir al artista. Este polifacético artista nace el 20 de diciembre de 1927 en Lobitos, Piura, un pueblo del litoral peruano. Nace en el seno de una familia compuesta por el padre que trabajaba de obrero en una petrolera, la madre que se dedicaba al cuidado de la familia y seis hermanos mayores. Nace en el corazón de una familia cuya diversidad étnica
corre por las venas del artista. Su padre era un “mestizo descendiente de judíos sefardíes” que llegaron a Perú como vendedores de cachivaches y terminaron cambiando sus baratijas por perlas a los nativos. El mestizaje lo inició el abuelo paterno, don Ernesto Delfín Atiaja, casándose con doña Filomena Mendives de origen negro. Lo continuó Ruperto Delfín, el padre, uniéndose en matrimonio con doña Santos Ramírez Puescas, “una india legítima de Sechura”. Víctor Delfín llega al mundo siendo el séptimo y el último de los hijos. Por ser el último, se encontró con una madre con la salud debilitada por las maternidades, el paso de los años y los quehaceres de la casa. Por fortuna la leche en polvo, importada de Inglaterra, complementó la escasa leche de pecho de doña Santos Ramírez Puescas. Y, Elvira, su única hermana mujer, cuidó de él con los atributos de una madre: ternura, dedicación y comprensión.

02 Infancia

02 BIOGRAFIA INFANCIA 18 7 16

La infancia de Víctor Delfín transcurrió en un ambiente climatizado por “los tangos y valses que Elvira cantaba a media voz”; por la fraternidad y buena voluntad de esta “hermana juguetona y enérgica”; el afecto y las travesuras de sus hermanos varones; el bondadoso apoyo del padre y la recta orientación moral de la madre. Pero este clima cálido no era constante, este clima cálido se intercalaba durante el día con un clima excesivamente caluroso debido a la actitud permisiva del padre y de Elvira. Pero que sea el mismo Delfín quien narre los detalles de su infancia: “Me preguntas cómo fue mi infancia… Mi infancia fue larga y hermosa. Nací en un lugar donde la arena brillaba como oro. Donde todo se veía dorado por el sol. Donde la playa tenía ese ocre amarillo que repito constantemente en mis trabajos. De niño me gustaba caminar descalzo y solo por la playa. Caminando contemplaba las enormes olas del mar de Cabo Blanco, o de Lobitos, que es lo mismo. Y veía al fondo, de un azul a veces verdoso, a veces gris, el mar igual que el cielo. Y de pronto aparecía el sol y todo se iluminaba, todo adquiría fuerza, adquiría color; y mi cuerpo, de niño flaco y debilucho, se llenaba de esa energía; y sentía que mi padre, el obrero Ruperto Delfín, me abrazaba. Otras veces corría por la playa con mi hermano Ruperto, el sordomudo; otras con Ricardo, otras con Santiago. “¿Cómo era yo de niño? Múltiple, terrible. Creo que no ha habido niño en el mundo más malcriado y engreído que yo. Creo que nadie puede competir conmigo en rabietas, que nadie puede competir conmigo en engreimiento, en berrinches. Yo era un niño cruel, egoísta, irrespetuoso y rebelde. No sé qué queda de eso, pero yo era lo que llaman un niño de mierda. Cuando mis padres iban a una reunión y me llevaban, los vecinos criticaban mi comportamiento: “Un par de palmadas a ese muchacho, dos cocachos”. Mi padre los miraba y sonreía. Yo era intocable, nadie se atrevía a ponerme la mano. Mi padre, que tenía unas manazas de herrero, jamás me puso la mano sino para acariciarme, para contemplarme como si fuera una joya. Quizá porque yo era el menor de todos. “Mi madre era fría, con restos de la ternura que le quedó después de haber amamantado a ocho o nueve hijos - dos murieron en el camino-. Ella quería tener otra hija mujer, pero le salió el tiro por la culata… Recuerdo que me vestían como mujer y me hacían trenzas como si yo fuera una niña. Yo ni me daba cuenta. Yo me sentía el rey del planeta, el niño más poderoso que existía. Todo lo que pedía me lo daba mi hermana o mi padre o mis hermanos. Todos me protegían. De vez en cuando me caía un cocacho por malcriado y yo lo multiplicaba por veinte: “!Mamáaaa, Elvira, Ricardo me ha dado veinte cocachos!”. Y si me empujaban, si alguien osaba ponerme la mano, yo decía: “Me han dado veinte empujones”. Multiplicaba con una facilidad increíble.
Era exagerado y siempre lo he sido. Exageraba en todo. Exagerado para dormir. Exagerado para prolongar mis vicios. Me oriné en la cama hasta los ocho años. Mi hermana pacientemente me soportaba, mi madre renegaba, mi padre decía que ya pasaría, que era por el momento, porque era un niño muy pequeño”. En esta primera etapa de su vida, Víctor Delfín recibe tres influencias que serán decisivas en su destino artístico: la de su padre, la de una tía abuela llamada Zoila Buenaventura Delfín Atiaja, y la del paisaje marino. Su padre que trabajaba arreglando “las enormes varillas de acero con la forja al rojo vivo” en la Compañía Petrolera Lobitos. En esta labor que se desempeñó don Ruperto, y Víctor Delfín de niño observaba con curiosidad, el artista aprendió a trabajar el metal que años después utilizaría en sus esculturas. Y la tía Ventura que deslumbró su imaginación con un baúl lleno de tesoros. “Un baúl negro, de cuero, que contenía vestidos hechos en finas telas, mantos, boquillas femeninas de marfil, de plata, de bronce para fumar; frascos despostillados de color azul, añil y violetas, con bordes dorados; porcelana fina hecha pedazos; trozos de piedras de turquesa y lapislázuli; pedazos de vitrales de colores cerúleos, amarillos y verdes conseguidos al fuego; sellos de hierro y monedas de piedra; una colección de barajas españolas e inglesas; abalorios y piedras ámbar; relojes antiguos de tres tapas, con cadenas truncas de plata; postales de su familia, o de hermosas damas aristocráticas; daguerrotipos de comienzos de siglo; miniaturas de dibujos de manufactura inglesa o del oriente; collares sin ganchos; joyas de pacotilla que había usado en su juventud; lazos de seda azul; cartas de amor, prolijamente seleccionadas y empaquetadas con cintas rosadas y azules; juegos de dados. En suma, un baúl que parecía el laboratorio de un mago, lleno de cachivaches. Un baúl que medía un metro veinte de largo por unos sesenta centímetros de altura. Todas aquellas baratijas parecían las pertenencias de una bruja”. Dice Delfín al recordar la tía que formó parte del festín que su golosa imaginación se dio cuando era un niño. Y el paisaje marino que, como veremos, fue el lienzo que cada tarde contempló. Físicamente la infancia de Víctor Delfín transcurrió en el lugar donde estaba ubicada la Compañía Petrolera Lobitos: en el Alto, en la parte más empinada de los acantilados de Lobitos; en una de las casas de madera que hacían parte del campamento de la petrolera. En Lobitos creció Delfín rodeado de un paisaje marino que se volvía más atractivo a sus ojos al caer el día y en la época de invierno por los charcos que se forman y los pájaros que aparecen. Los pájaros que de niño observó con embeleso y serían epicentro en su obra de arte.

03 Pasión de crear

03 PASION DE CREAR 18 7 16

La pasión de crear en Víctor Delfín es parte de él como lo son sus rasgos físicos; como lo es su carácter impulsivo; como lo es su alucinación por las aves, las mujeres y el mar; como lo es su predisposición a lo monumental. Es una pasión que el artista ha comparado con “una bacteria que entra en el cuerpo de la persona elegida y se apodera de su voluntad y de sus días”. Esta pasión se le despertó en la infancia. Afloró un día cualquiera en un novedoso encuentro con las tonalidades del crepúsculo. Encuentro que repitió dos, tres, cincuenta veces hasta que se tornó en fascinación gracias a las tonalidades de la caída del día. Esta fascinación lo llevó al conocimiento del color. Aunque, según el artista, sus primeras exploraciones las hizo en sus juegos con tizas, lápices de colores y manchas en papel. Más adelante en los matices del crepúsculo. Y después, en su deslumbramiento con los coloridos cachivaches de su tía abuela Elvira Ventura. En cuanto a su frenesí con el dibujo, surgió primero como necesidad de expresarse y después como medio de comunicación con su hermano Ruperto que era sordomudo. Y, muy, pero muy en el fondo, como necesidad de seguir los pasos de Elvira, que solía conversar con Ruperto en el lenguaje de las señas y los gestos con naturalidad. Del mismo modo, Delfín encontró un lenguaje sencillo y expresivo para trabar amistad con este hermano: el lenguaje del dibujo. Igual que le sucedió con el crepúsculo, un día entendió que sus monadas le servían de puente para llegar al corazón de Ruperto. Y se apresuró a intensificar y a diversificar sus animados dibujos. Y los dibujos se convirtieron en el puente que cruzaba para conversar con Ruperto; también en astros que iluminaron sus fantasías y en rosa de los vientos que delineó su horizonte. El padre, orgulloso del talento de Víctor y enternecido con la comunicación que se había establecido entre estos dos hijos, apoyó con materiales de dibujo al futuro artista. Epíteto que llevaría desde la infancia, porque en menos de lo que nace el día corrió la voz entre los obreros de la petrolera que Delfín niño era un artista, un dibujante. Lo bautizaron “el artista, el dibujante, cartulina”. Repito, esta temprana inclinación al arte fue estimulada por la estela de colores que suele dejar el sol cuando cambia de guardia con la luna. Por ello a los ocho años Víctor Delfín era un adicto. Un adicto a la puesta del sol. Adicción que se tradujo en su diaria visita a un mirador en el Alto, donde se sentaba a contemplar la fulguración de naranjas, rojos y violetas que jugueteaban con los azules, grises y blancos del cielo. Este jugueteo de colores cálidos y fríos, que producía una fosforescencia cromática en la lejanía, lo sumía en un estado de alucinación que duraba hasta que se difuminaba el último vestigio del policromo rostro del crepúsculo. Entonces volvía en sí. Volvía a la realidad. Con el corazón tamborileando de susto y los ojos congelados de duendes, emprendía carrera hacia su hogar. En la carrera lidiaba con los cables de los pozos perforados en los que se podía enredar; lidiaba con el temor a ser reprendido por su tardanza; lidiaba con el pánico  
que le producía el rugido de las máquinas que perforaban el suelo. Rugido que su cándida imaginación consideraba “lamentos de la noche; chillidos fúnebres, o pesadillas del demonio” Entre tanto, en casa, su hermana oteaba por la ventana. Al verlo se apresuraba a abrir la puerta y con una exhalación de alivio le auscultaba el pecho diciendo: “dónde te habías metido mocoso, parece que el corazón otra vez se te va a estallar”. Delfín recuperaba la calma y Elvira se iba a la cocina sin entender la fiebre del hermano benjamín por el crepúsculo. Ignoraba ella que ése era “el primer contacto de Víctor Delfín con la belleza” Ignoraba Elvira que la búsqueda de la belleza sería la pasión que le daría vuelo al alma del hermano menor. Como también desconocía Delfín, en aquella época, que la belleza aparecería en su vida, primero como contacto visual y después como búsqueda y aplicación de la misma en su obra y en su vida personal. Que la búsqueda de la armonía o integración de los opuestos le daría cuerpo emocional a su existencia y perdurabilidad a su obra. Tampoco sabía que esta búsqueda sería una ardua y a la vez placentera aventura a lo largo de su vida. En esta lírica sensibilidad y desbordada fantasía de Víctor Delfín, participaron los hierros y los juguetes. Los hierros que había por doquier en el campamento petrolero, y los juguetes que le regalaba su padre. A los hierros los volvía juguetes, a los juguetes les cambiaba la personalidad: un trompo lo volvía ave baletista; un hierro caballito de mar. En suma, este ambiente cálido, sencillo, circundado de oleaje y de gaviotas, contribuyó también a fertilizar la semilla creativa que germinaba en Delfín desde la infancia. Semilla que se fue llenando de un vigor y de una lozanía tal, que cuando brotó y se abrió camino, todo lo que salió de ella heredó estas dos cualidades. Toda la obra que manó del pecho del artista, toda la materia que sus pequeñas manos trabajaron o moldearon posteriormente, nació con la vivacidad y la lozanía de la semilla originaria. Entre tanto su lealtad a las puestas del sol le enseñaba a mirar la naturaleza; a mirar las gaviotas aunque se estuviesen comiendo los peces. Su disciplina con el dibujo le regalaba expresividad en el trazo. Y años más tarde, su alma, ávida de saber, lo acercaría a las fuentes de la historia del arte primero y, después, a los recintos donde orientan a personas con inclinación a las artes. Se puede entrever en la intimidad de los párrafos anteriores, que Delfín atravesó la infancia y la adolescencia en un ambiente que le ofreció relaciones humanas cobijadas de significado; en un entorno lleno de vida y en un ámbito familiar que festejó y apoyó su predisposición a las artes. Creció con un objetivo: el dibujo y el color. Objetivo que se fue definiendo con el tiempo. Por ello su profesor Eduardo Jibaja le dijo a su padre: “su hijo dibuja, lee y habla casi todo el tiempo de arte. Debería estudiar pintura apenas termine la secundaria”

04 Escuela Nacional de Bellas Artes

04 BIOGRAFIA Escuela Nacional de Bellas Artes

A los diez y nueve años de edad, en 1946, Víctor Delfín presentó examen de admisión en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima. Pese a que salió insatisfecho de su trabajo con óleos y carboncillos, aprobó el examen. Aún más, al terminar el primer semestre su buen rendimiento académico lo premió con una beca. Pero la beca sólo le cubría las necesidades vitales durante el periodo académico. Por esta razón se veía obligado a trabajar de ayudante de construcción, o de jardinero. Sobre todo de ayudante de construcción. Al concluir el tercer año lectivo, días antes de las vacaciones, tuvo la corazonada de que no le iban a dar la beca del año siguiente. Enfrentó su corazonada consolándose con las notas que había sacado. Habían sido las más altas de su curso. Pero no se pudo deshacer de la desazón que se adueñó de él. Para colmo le cayeron encima dos preocupaciones más: la de encontrar trabajo para sostener a su compañera Aidé y a su hijo David de cuatro meses de nacido, y la del cambio de vivienda. En medio de este viacrucis, un vientecillo reconfortaba a Delfín. Ese vientecillo era Alejandro González, conocido por el seudónimo Apurimak. Por primera vez este maestro de pintura había delegado a un estudiante la curaduría en la exposición de fin de año. Se la había delegado a él. El encargo de seleccionar y distribuir las obras que participarían en la exposición, era un reconocimiento a la madurez de criterio de Delfín y a su labor en el lienzo en aquella época. Mientras Delfín montaba la exposición, en los corredores de la Escuela de Bellas Artes se cuchicheaban los nombres de los becados para el año siguiente. Delfín era el favorito de su curso. Todos sus compañeros opinaban que él merecía el primer premio y la medalla de honor del grupo. No sólo porque había sacado las mejores notas, sino por la calidad que había alcanzado en la línea y en la mancha trabajando hasta el domingo en los salones de Bellas Artes. La tarde del viernes, un día después de haber terminado el montaje de la exposición, con el catálogo de la muestra listo para ser entregado el lunes, Delfín llegó a Bellas Artes a revisar los últimos detalles de la exposición. Quería estar seguro de la distribución de los cuadros en las paredes. Antes de ingresar al salón, en el patio, sus compañeros lo abordaron para decirle que a otro estudiante del grupo le habían dado el primer premio: a un estudiante apadrinado por el director de la Escuela.  
Delfín los escuchó en silencio, casi sin pestañear. Escuchó el nombre del estudiante con la misma calma, el mismo silencio, el mismo estupor. Recordó su corazonada. Dejó vagar sus ojos por el patio. Su voz sonó tranquila cuando agradeció la información que le acababan de dar. Con pasos firmes se dirigió al salón de la exposición. Descolgó sus obras. Mientras las descolgaba tomó otra decisión: abandonar la escuela. El compañero que le ayudó a bajar las obras trató de disuadirlo, pero no consiguió que cambiara de idea. El portero se quedó de una pieza cuando le entregó las llaves de la sala de exposiciones. Este era el panorama de Víctor Delfín cuando terminó su tercer año de estudios y decidió irse a vivir a la selva peruana. Aquel viernes de noviembre, caminó por el centro de Lima casi hasta media noche. En la caminata examinó su vida dúplex. Su vida de estudiante y de ayudante de construcción. Recordó a Guaguin. La fortaleza espiritual del artista francés le sacó un suspiro. Su valentía para renunciar a la vida confortable que tenía lo dejó pensativo. Admiró la entereza del pintor para asumir su destino de artista. Volvió al episodio de la beca. Su estómago se contrajo. El nombre del estudiante becado le aceleró el corazón. Cuando llegó hasta su nariz el aire contaminado de favoritismo de Bellas Artes, sintió que le faltaba el aire. Decidió seguir el ejemplo de Gauguin. Fue en busca de unos amigos. A eso de la una de la mañana, reunido con Edmundo Pantoja y Alberto Guzmán, les comunicó su resolución de abandonar Bellas Artes y retirarse a la selva. Luego los invitó a participar en la aventura. Los convenció enarbolando la bandera de la libertad y el nombre de Guaguin; exaltando los sueños a la manera de Robinson Crusoe; argumentando que el arte se daba de perlas en ambientes con sustancia espiritual; aduciendo que la selva con su personalidad vigorosa los iba a enriquecer, sobre todo a humanizar. Lo contrario de la ciudad que contribuía, como la guerra, a desdibujar a las personas. Para ser más explícito puso el ejemplo de la falta de escrúpulos del director de Bellas Artes. Luego habló de la propuesta de vida en las ciudades: el bienestar material y la vida sin esfuerzo. “Huyamos de los vicios de la gente de la ciudad. Huyamos del tener por tener y del embotamiento del alma”, dijo a manera de epílogo al rayar el alba.

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05 BIOGRAFIA La Selva

Horas más tarde viajaba con los dos amigos mencionados antes y con Manuel Zapata en la parte de atrás de un camión. Adelante, con el conductor, viajaban Aidé y su hijo David. Con una botella de pisco y los corazones henchidos de sueños, Delfín, su pequeña familia y sus tres amigos viajaron en dirección a la selva, viajaron entonando canciones camino a Tingo María. Durante el viaje vibraron con el saludable aspecto de la vegetación, con su rolliza frondosidad; se emocionaron con la paleta de verdes del follaje, con la pureza del aire. Este primer viaje a la selva les regaló una visión maravillosa. Una visión que Delfín jamás olvidaría: la visión de unas mariposas azulinas del tamaño de las dos palmas de la mano juntas. Las mariposas azulinas se quedaron para siempre en sus recuerdos. Por eso a los ochenta y tantos años siguen apareciendo en su memoria tal y como las vio en su primer viaje a Tingo María: como una agrupación de bailarinas azuladas danzando entre papayales en flor.  
Tampoco ha olvidado el camino que lo llevó hasta Tingo María: un camino que en los años cincuenta era un difuso trazo; una pálida franja de lodo. Ni ha olvidado el puente que atravesaron para entrar a Tingo María. No lo ha olvidado porque al pasar por aquel puente sus ojos se encontraron con la silueta de una mujer dibujada en una montaña de piel verdemar que había a lo lejos. La montaña, cuya belleza llevó a los nativos a llamarla La bella durmiente, dejó embobado a Delfín. Igual que las mariposas azuladas. En aquel primer viaje a la selva el artista tomó conciencia del esplendor de la naturaleza. Con el paso del tiempo diría que a comienzos de los años cincuenta, Tingo María era una fantasía porque al medio día gozaba de un sol tan fulgurante, que podía haber abarcado con su luminosidad a todo el planeta.

06 Tingo María

06 Tingo Maria

Tingo María era un pueblo con una sola calle. En esa única calle estaba la vida comercial y la vida familiar: el correo, la farmacia; la oficina y la sede de una compañía de avionetas; el banco y una veintena de casas humildes que se perdían en una larga fila. Al otro lado de la única calle, estaban los bares, el billar y, al fondo, las casas de mujeres mundanas. A las diez de la mañana el billar y los bares se llenaban de aves de paso: camioneros, aventureros y parroquianos procedentes de Huánuco, Lima y la sierra. Parroquianos que se dedicaban a los negocios. En el bar Las palmeras trabaron amistad Delfín y Guido Arboccó. A este amigo el artista lo definiría como “un hombre trágico por dentro, pero con una sonrisa permanente en los labios y un rictus de algarabía en su semblante”. Guido Arboccó era oriundo de Lima y se había radicado desde hacía varios años en la “fábrica de clorofila”, como él llamaba a la selva peruana. Era un bohemio habituado a los conflictos, presto a cazar pelea para entretener y justificar su vida. Este hombre pendenciero le enseñó un poema de André Gide que Delfín, con el paso de los años, ha considerado decisivo en su vida. Dice: “Nataniel, mi querido Nataniel, yo te voy a enseñar la exaltación, una vida palpitante y desordenada mi querido Nataniel antes que la tranquilidad”. En este ámbito de bares, billares, prostíbulos y personajes exaltados, estuvo Delfín hasta que sus amigos y su compañera Aidé regresaron a Lima. Entonces cumplió su anhelo de seguir el ejemplo de Gauguin: se internó en la selva, en Huallaga. Pero antes solicitó apoyo al Ministerio de Agricultura como colono de la selva. A los pocos meses le entregaron veinte hectáreas de tierra para que cultivara café. Delfín, que había ido en busca de un modesto espacio donde pintar con tranquilidad, de repente se convirtió en colono. Con el apoyo y la asesoría de Leandro, un montañés, construyó su casa. Una casa típica de la selva: en madera, techo de paja y piso de tierra. Sin un clavo y con una sola herramienta: machete. La casa la construyó en lo alto de un promontorio cercano al río. El río era su fuente de vida: le daba agua cristalina; lo abastecía en la cocina; le calmaba la sed y el calor a sus cultivos; le servía de piscina; incluso era el espejo de su alma que nunca se detenía y sabía hacia dónde iba aunque tuviera que trabajar la tierra. Porque además de construir su casa, Delfín sembró piña, yuca, café, maíz. Pero no fue un agricultor incondicional. En el tiempo que le dejaba el cultivo de la tierra leyó a Pessoa, a Gide, Henry Miller, Rimbaud, Juan Ramón Jiménez; disfrutó la selva en su tranquila hermandad con los animales; la colmó de agradecimientos “por la libertad que le prodigaba al permitirle andar descalzo, medio desnudo, barbado y sin vínculos con la tecnología: sin radio, sin televisión, ni prensa, ni teléfono”. Esta vida libre y despreocupada le llevó a convertirse en un seguidor incondicional de la sinfónica de la selva. Al amanecer, desde la hamaca, escuchaba con devoción las audiciones de la Sinfónica de la Selva: el trino de las aves, sus aleteos; el zumbido de los insectos; la tonada del río; el rumor del viento. Y mientras escuchaba la Sinfónica de la Selva, “respiraba el vaho perfumado de las flores silvestres, de los platanales y los papayales”. Y cuando llovía, “aspiraba los vapores de la tierra”. Y cuando había luna llena, miraba los reflejos de su luz en las aguas del río; observaba pensativo las nubes que se paseaban por el cielo como diosas. Bajo el esférico rostro de la luna presenció caballos declarando su amor a las yeguas con relinchos; tórtolos enamorando con arrullos a las hembras.  
Y cuando la luz de la mañana se anunciaba con su luz desde el horizonte, evocaba con nostalgia el mar y sus crepúsculos; añoraba a su compañera Aidé y a su hijo David; suspiraba por sus pinceles, su biblioteca. Y por encima de su incondicional devoción por la Sinfónica de la Naturaleza, echaba de menos “La pequeña sinfonía de Mozart” y “El himno de la alegría de Beethoven”. Víctor Delfín vivió esta aventura con la floresta sintiéndose mitad artista y mitad salvaje. Un artista y un salvaje que no perdió de vista a los únicos seres que lo acompañaban: los animales y la naturaleza. Un artista salvaje que se alimentaba de imágenes que se volvían versos “en el lienzo de su alma”: El bosque imaginado: “El río es de oro, ilumina pleno… / Detrás de él/ existe un bosque azul/ donde las hojas de los árboles/ son de púrpura y carmín,/ cada rama de turquesas/ hecha, /cada fruta de cobalto puro, /cada racimo de cerúleo/ lleno. / Todo el bosque es un/ conjunto de añil de/ ultramar, completo,/ como debe ser el lugar / de lo infinito. / “Todo es música y color/ en el bosque azul. / De aves, de pájaros, / de insectos, / joyas de metal bruñido/ son sus plumas, ojos de rubí, / de lapislázuli/ sus picos, / esto lo he visto/ Víctor Delfín. 2007 -En el 2007 estos versos los encarnó en el libro de poemas y relatos, “A Las 7, en el Palermo”- Decía que Delfín vivió su aventura en la selva rodeado de seres silenciosos y sensibles, y de seres musicales e instintivos. La vivió como un artista salvaje que no tenía vecinos de su especie a su alrededor. El vecino más cercano estaba a diez kilómetros. Por eso cada mes bajaba religiosamente a Tingo María. En el bar Las Palmeras se encontraba con Guido y otros camaradas. En aquel bar “como un miembro más de la cofradía de machos solitarios y deslenguados”, se embriagaba de calor humano, de poesía, de anécdotas, de pisco, cerveza y de mujeres. Estando en la selva, en Huallaga, conoció a tres periodistas de la revista Caretas que habían oído hablar de él. Esta revista sería decisiva en su promoción como artista, porque con el paso del tiempo cada vez que expuso sus obras, Caretas publicó generosos artículos comentando su trabajo. Decía que los tres periodistas (Pepe Adolph, Víctor Orsero y Pepe Velásquez) llegaron a Delfín llevados por el rumor de que en la selva peruana vivía un pintor. Luego de un breve protocolo, lo entrevistaron. Pasado un mes, apareció en la revista Caretas un artículo titulado “La extraña historia del pintor de la selva”. A su regreso a Lima Delfín entablaría amistad con Doris Gibson -fundadora de la revista Caretas-y su hijo Enrique Zileri Gibson. A partir de su exposición Retablos, tanto Doris como Enrique, estrecharon la amistad con Delfín que hasta el presente mantienen viva. Después de unos años, regresó a Lima. Regresó sobrealimentado de las manifestaciones espirituales de la floresta; fortalecido de experiencias con la tierra, los animales, los nativos, los foráneos; enriquecido de la sabiduría del libro de la selva. Regresó con el alma capaz de enfrentar obstáculos y decidida a concluir los estudios

07 Premio municipal de pintura Ignacio Merino

07 BIOGRAFIA Premio Municipal de Pintura Ignacio Merino

Mientras cursaba los últimos semestres, emprendió la creación de un lienzo para un concurso. El tema salió de su experiencia como ayudante de construcción. Llevar este tema al lienzo le permitió recordar la doble vida que había llevado en Lima antes de su retiro a la selva. Esa vida en la que se intercalaron la calidez de sus relaciones con sus compañeros de estudios, con la frialdad de sus relaciones en el trabajo. A medida que bocetó se aclaró dos asuntos decisivos para su carrera: la importancia de confiar en el arte y lo que estaba pasando en el mundo laboral. Si confiaba en él como artista, podría vivir de su obra. En cuanto al mundo laboral, comprendió que se hallaba sobre un volcán. Que las heladas de la mecanización avanzaban contra viento y marea. Después de varios bosquejos, encontró lo que quería decir. Envió la obra al concurso. Al año siguiente, en 1957, recibió la noticia de que se había ganado el Premio Municipal de Pintura Ignacio Merino con su obra: Homenaje al obrero de construcción civil. En dicho cuadro planteó que el obrero era una arandela dentro de una gigantesca rueda. Es decir, que la incorporación de la máquina, más la división del trabajo como si fuera una hoja de papel cuadriculado, reducía a la insignificancia al obrero, a la vez que lo convertía en hombre-máquina: en hombre ejecutando la misma labor durante ocho horas. Esta idea, expresada en el lienzo, correspondía a una mirada  
perspicaz: era la mirada de alguien que podía ver a miles de kilómetros de distancia lo que entonces aparecía en claroscuro: la maquinización del obrero y del trabajo. Con Homenaje al obrero de construcción civil, Víctor Delfín pone de relieve su sensibilidad social. Como el premio que recibió fue oneroso, su primer impulso fue trasladarse al viejo continente. Pero Alejandro González desvió este impulso. El maestro Apurimak, aparte de confiar en el talento de Delfín, veía en las culturas precolombinas y en la artesanía popular una riqueza inexplorada por el artista peruano. Le desvió el proyecto de vivir en Europa haciéndole una pregunta: “¿Qué hay del arte y de la cultura milenaria de este país?” Y diciendo: “Hay que poner los ojos en la tierra y buscar nuestras raíces”. Delfín entendió el mensaje, entendió que debía beber del manantial estético que brota de su tierra; beber de la fuente originaria donde yacen las primicias creativas de sus ancestros: el arte precolombino y la artesanía popular. Renunció a su aspiración de trasladarse a Europa, pero antes guardó las palabras de Apurimak en su memoria. En 1958 se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

08 Escuela de Bellas Artes de Juliaca

08 BIOGRAFIA Escuela Bellas Artes Puno

Por aquella época La Escuela de Bellas Artes de Juliaca, en Puno, no tenía director y había abierto concurso para llenar la vacante. Delfín concursó junto a otros aspirantes al mismo cargo. Se ganó el concurso y asumió la dirección de la institución. Durante su gestión consiguió presupuesto para modernizar las instalaciones de la Escuela que no tenían luz en su totalidad ni servicios higiénicos para mujeres. Y dado que la mayor parte de los docentes no tenían nociones de pedagogía, ni conocimientos de la historia del arte -casi todos eran paisajistas, o aficionados al dibujo que durante el día trabajaban en escuelas y en la noche en Bellas Artes-, presentó una propuesta para elevar el nivel académico. Su propuesta fue rechazada por los docentes, quienes emprendieron una campaña contra él aduciendo que era muy joven para el cargo de director y no era de la región. Al cabo de dos años sus  
opositores consiguieron que lo trasladaran a la Escuela de Bellas Artes de Ayacucho. En la Escuela de Bellas Artes de Ayacucho se encontró con dos problemas: una casona vieja descuidada, y una mentalidad provinciana en los programas académicos. Lo primero que hizo fue restaurar la casa. Mientras adecuaba las instalaciones físicas, meditó cómo conseguir el bienestar académico de la institución. Finalmente presentó un proyecto de reforma en el que propuso anexar la Escuela de Bellas Artes a la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Igual que en el Puno, este proyecto fue rechazado. Delfín esta vez luchó a brazo partido durante dos años, pero no consiguió su objetivo. En cambio sus opositores lograron que lo declararan enemigo público de la Escuela de Bellas Artes y lo despidieran del cargo. Delfín juró no volver a trabajar para el Ministerio Público.

09 Taller en el corazón de Lima

09 BIOGRAFIA Taller en el corazon de Lima

Sin un céntimo en el bolsillo, sin un espacio donde vivir, con su segunda compañera – Luz Elena- y su hijo Carlos, se encontró en Lima. En la capital recibió la solidaridad de la familia de Luz Elena que lo acogió a él y a sus cuatro hijos en Chorrillos. En una modesta vivienda que no le ofrecía condiciones para pintar. Pero cuando el hombre camina con el corazón en la mano, se abre la Puerta Secreta. Una tarde, en una de sus caminatas por el centro de Lima, se encontró con Antonio, o “Antuco”, como cariñosamente llamaba a este antiguo compañero de la Escuela de artes. Antonio trabajaba como ejecutivo en una compañía importante. Su posición económica era radiante. Pero su vida interior estaba nublada por una sensación de vaciedad que se acentuaba en los días de ocio. Antuco sabía el origen de ésa sensación: sabía que tenía relación con su carrera inconclusa. Le propuso a Delfín que le diera clases de pintura los fines de semana a cambio de un lugar de trabajo. Delfín aceptó. Antonio alquiló un espacio en el centro de Lima. El espacio consistía en un cuarto con un nicho que hacía de cocina y tenía un calentador de agua para preparar te. Al fondo, un baño. El taller de Delfín se convirtió en el sitio de paso de estudiantes de pintura y actores de teatro. En el modesto taller, Delfín habló noches completas con su benefactor Antuco de sus vivencias en la selva: “de su lucha a golpe de machete contra la maleza, empujando cuesta arriba enormes troncos para construir su casa; de sus tobillos hechos jirones por el roce con la maleza y las ramas amontonadas a su paso; de la imponente serenidad de árboles mecidos por el viento, que le recordaba la majestuosidad verde esmeralda del océano; del estrépito de árboles centenarios, cuando caían al suelo agonizantes; de la protesta de los monos y los pájaros, revoloteando espantados ante la agresión de los humanos; del ensordecedor ruido de la sierra mecánica”; compartió con Antuco su descubrimiento de la cantidad de historia que había en el cuerpo de los árboles longevos y de la cantidad de hojas en blanco que tenían los que estaban en la adolescencia; le manifestó su asombro ante la docilidad del ramaje de los árboles jóvenes en contraste con la dureza del ramaje de los árboles añosos; le habló del aire perfumado que había a manos llenas en la selva; de la sonrisa cósmica del sol de Tingo María. En aquel taller recibió de manos de su benefactor libros, vino, música y amistad incondicional. En el sencillo taller volvió a trabajar con fervor; recuperó la pasión por la pintura que había perdido en los años que  
trabajó para el estado; recuperó la confianza que había extraviado durante la gestión administrativa. En la problemática que vivió con la Escuela de Bellas Artes de Ayacucho, dudó de su labor como director, dudó de su valía como artista y dudó entre dedicarse a pintar o a administrar. Esta crisis personal lo llevó a descuidar su cargo de director, y sirvió de abono a los problemas que tenía con la escuela. La crisis con la institución se resolvió a favor de él, porque su despido fue un salvavidas para su carrera artística y felicidad personal. Con su salida del mundo administrativo, Delfín sintió que un sol como el de Tingo María iluminaba su vida; que dentro y fuera de él todo se volvía solar; que una brisa marina refrescaba su piel y una despreocupación de pájaro circulaba por su sangre; que esta gama de sensaciones costeras y selváticas le devolvía la pasión por el arte. En el frugal taller experimentó el regreso de su dignidad. Se sintió más solar que nunca cuando la vio erguirse, la vio de cuerpo entero y vio cómo esparcía luz en su obra y en sus días. Entendió que la dignidad no se debe canjear ni por dinero ni por cargos “respetables”. Por nada. Celebró su regreso trabajando con ahínco. Convencido de la conveniencia de la vida sencilla para su tranquilidad y obra, asumió una cotidianidad consecuente: ni auto, ni reloj, ni cuentas bancarias, ni objetos superfluos. Sólo lo necesario para vivir con decoro y trabajar sin sobresaltos. Con esta doble conciencia se dedicó a pintar para exponer. Todos los materiales le sirvieron para crear: una piedra, un pedazo de hierro, un trozo de madera, un tornillo. La vida la encontró rica en temas: un animal apareándose, el vuelo de un pájaro, el aleteo de un pez, el relinchar de un caballo, la bonachona mirada de un burro, una flor embelesada con el sol, un colibrí sediento. Todo fue motivo de inspiración para el artista. Todo. Sólo necesitó tener los ojos encendidos. Del resto se encargó la voz de su alma, su disciplina y la confianza en él como artista. Con estas condiciones trabajó desde el alba hasta las nueve de la noche. Hora en la que salía de su taller para tomar el bus a Chorrillos. Hora en la que se desconectaba física y mentalmente de la muestra de arte popular que estaba trabajando. El arte que lo había seducido en los mercados artesanales del Puno y Ayacucho y lo había llevado a coleccionar artesanías que harían parte de la exposición que planeaba hacer en Chile.

10 Santiago de Chile

10 BIOGRAFIA Santiago de Chile

En 1962, luego de preparar la muestra durante casi un año, viaja a Santiago de Chile a hacer la exposición de arte popular peruano en el Instituto Cultural de Providencia. Durante la exposición se da cuenta que el ambiente cultural es rico y los artistas se toman en serio. Se siente a gusto en Santiago de Chile. Presiente que tiene mucho que aprender de ese pueblo hospitalario y de mentalidad progresista. Consigue que le den trabajo como docente en el instituto que está exponiendo. Lo mismo en el Instituto Cultural de las Condes que acaban de inaugurar. Se queda tres años en Chile. Durante ese tiempo visita las galerías de arte. Se relaciona con escritores, artistas de teatro y de pintura. Asiste a exposiciones. Asiste a las manifestaciones de los simpatizantes de Salvador 
Allende como candidato a la presidencia. Hace vida bohemia. Enseña. Pinta. Con el tiempo aterriza. Se da cuenta que está repitiendo una situación del pasado. Que avanza por tres caminos: el de la docencia, el de la pintura y el de la bohemia. Piensa en las exigencias del arte. En ese universo que demanda energía espiritual a torrentes. Estando en esta provechosa y dolorosa confrontación -corre el año de 1965-, le llega una propuesta de trabajo de la Galería Cultura y Libertad de Lima. La recibe como si viniera de parte del proletariado. Se traslada de inmediato a Perú. El idilio laboral dura poco dado que no llega a un acuerdo definitivo con la Galería Cultura y Libertad. Delfín se queda en Perú.

11 Raíces estéticas

11 BIOGRAFIA Raices Esteticas

Definidos los asuntos con la galería de arte, decidió rastrear una vez más sus raíces estéticas. Con las palabras de Alejandro González: “Hay que poner los ojos en la tierra y buscar nuestras raíces”, con estas palabras encendidas como un candil, volvió a visitar tiendas y ferias de artesanías; volvió a recorrer las regiones del Puno y Ayacucho. Los recorrió buscando conocer a profundidad sus raíces estéticas. Búsqueda que había iniciado en la época que se desempeñó como director de las Escuelas de Bellas Artes de dichas regiones, que son centros artesanales importantes. Sólo que esta vez le dedicó más tiempo a los mercados populares de artesanías y a los museos de arte precolombino. En los primeros vio artesanías de formas irregulares y colores  
primarios, que le parecieron hijas de la pura intuición de los nativos de Perú; vio otras más elaboradas, con motivos geométricos o figurativos muy pulidos, texturas variadas y sugestivas, y mezcla de colores pulcros y osados que le parecieron hijas de la razón y el corazón. En suma, Delfín descubrió un arte popular espontáneo y colorido, lleno de imaginación y de intuición, que se acercaba a la belleza. Este arte popular lo entusiasmó. En especial los tejidos puneños y las manualidades ayacuchanas. Pero lo que le despertó mayor entusiasmo fueron las cajas de madera decoradas por dentro: los retablos.

12 Retablos

12 BIOGRAFIA RETABLOS

Delfín se detiene en los retablos. Los mira con atención. Los mira en detalle: son decorativos, portátiles, narrativos, hechos en madera. Cajas con narraciones costumbristas o anecdóticas en el interior, algunas con historias religiosas; cajas con puertas engalanadas con flores de colores encendidos. Le entusiasma la decoración aniñada de los retablos populares. Le recuerda los libros infantiles que cuentan historias cotidianas con dibujos espontáneos y colores vivos. Después de detallar los retablos empieza a buscar su propia propuesta. Experimenta con distintos materiales y esboza sin ahorrar materiales. En esta etapa de experimentación entiende lo que quiere: retablos con la forma tradicional, pero sin decoración anecdótica ni puertas llamativas; retablos en tonos sobrios y composiciones asimétricas que alberguen personajes con sustancia espiritual; retablos en colores vibrantes y primarios, con motivos ligeros y expresivos, hechos en cerámica o acrílico; retablos en madera con implantes de bronce, metal, plata, plomo, tapas de gaseosas, latas de leche. Apenas encuentra el cómo y el qué, se pone a trabajar. Entre tanto en los círculos culturales de Lima se habla de los retablos que Delfín está creando. Los galeristas se llenan de curiosidad. Lo visitan. Se emocionan con lo que ven. Le hacen ofertas para exponer. Delfín no tiene prisa, quiere crear retablos que lleven la sangre de sus ancestros y la suya. Al año siguiente, en octubre de 1966, en la galería Art Center de Miraflores, hace su primera exposición personal con los retablos. El público se vuelca a ver la exposición.  
Por primera vez un artista incursiona en este arte popular. Los retablos de Delfín conservan la forma tradicional -cajas de madera con dos puertas en un lado y una tercera en el otro lado- pero tienen el espíritu libre y pensativo del artista. Entre la serie de retablos expuestos, el que tituló La caja de San Marcos–típico de Ayacucho- fue el que más entusiasmó a los limeños; el que suscitó artículos entre los críticos de arte; el que se convirtió en el éxito de su exposición Retablos, y lo llevó a decir: “Mi trabajo tiene que ver con el arte popular, de él me nutre y a través de él me manifiesto” Esta primera exposición personal fue el bautizo de Víctor Delfín como continuador de una rama artesanal que él llevará a los estrados del arte. Más adelante creará retablos con el aliento del arte moderno: formas abstractas en cobre, insertadas en cajas de madera; motivos abstractos en plomo fundido y cerámica, insertados en cajas de cobre, bronce, o de hierro: “Retablo circular barril”; “Retablo en bronce y madera” con puertas decoradas con material callejero -tapas de botella-, y una figura abstracta en el interior, todo él revestido de tonos brillantes y delgados y suaves. La serena tensión de contrastes que caracteriza a este último retablo, nos induce a pensar en la sedosa relación de los huesos y la piel.

14 Museos de arte precolombino

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Decía antes, que durante el rastreo de sus raíces estéticas, Delfín había visitado también los museos de arte precolombino. Allí descubrió un arte especialmente inclinado por figuras en barro. Un arte que mostraba otra faceta de sus antepasados indígenas. Encontró en primer lugar figuras moldeadas en arcilla y piedra, de formas rudimentarias y tonalidades terrosas. Objetos sencillos, útiles, adornados con dibujos geométricos y ranuras. Representaciones plásticas que sugerían el contacto consigo mismo y con el cosmos que tenían los ancestros indígenas. En los museos de arte precolombino encontró recipientes de uso doméstico (platos, botellas, tazas); herramientas de trabajo (hachas, cuchillos, arcos, flechas, lanzas); figurillas alusivas a la mentalidad mágica de la época (hechiceros, brujos, shamanes, sacerdotes, diosas de la fertilidad); figuras con carácter político (guerreros, jefes); piezas musicales (silbatos, ocarinas). En pocas palabras, encontró objetos que hacían más amable el trabajo y la vida diaria de los primeros pobladores; objetos para calmar el alma de la colectividad y para apaciguar los arrebatos de la naturaleza; para adorar y tranquilizar a los dioses; para rendirle culto a la tierra por su generosidad; encontró objetos que invocaban la doble naturaleza del alma humana. Esta espiritualidad que subyace en el arte precolombino dejó impresionado al artista. Lo dejó pensando. Así como el impulso natural a crear de los ancestros, el impulso natural a buscar la belleza.  
Este arte precolombino que tenía las funciones de regocijar y de servir de uso práctico; que dimensionaba lo cotidiano y lo intangible, lo sagrado y lo profano, lo corporal y lo espiritual, lo sublime y lo grotesco, lo cautivó. Como también cautivó a Delfín el vuelo creativo que vislumbró en la mezcla de formas humanas y animales de las creaciones de sus ancestros indígenas; y el movimiento interno que habían inyectado en las figuras animales y humanas; y los dobles rostros de algunas piezas; y su gusto por las figuras antropomórficas. Además, en la mezcla de figuras animales y humanas, y en la presencia de dobles rostros, entrevió un saber ancestral. Entrevió el conocimiento que tenían de la naturaleza impulsiva y reflexiva, instintiva y racional de los seres humanos. Este saber, más el vuelo de la imaginación, más la sinceridad, más la naturalidad, más el principio de realidad aunado al del placer, todas estas cualidades que se conjugaban en las piezas precolombinas, le dio alas para crear con vuelo, para ponerle espíritu a su obra a su manera: con pasión y absoluta libertad. La emotividad, violencia, ternura y soltura que puso en cada escultura de su serie Bestiario, hace a cada obra una compañía viva y un paisaje inagotable. Cada escultura de la Serie Bestiario es un carrusel de emociones; una cábala de lo intangible. Y toda la serie, una cabalgata de sentimientos comparables a los latidos del corazón de la selva.

15 Bestiario

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Serie compuesta de grandes animales y aves típicas de América. Serie expresiva, erótica, con espíritu. Casi humana. Hecha con hierro, chatarra, “piezas de metal mecánica en desuso”. Esta serie le demandó esfuerzo a Delfín. Tiempo. Reflexión. Bestiario entraña la convicción del artista de la bestia que hace parte de la naturaleza humana. La bestia que el escultor reconoce años más tarde en su poema: “La bestia”. En 1968 expuso Bestiario en la sala del Instituto de Arte Contemporáneo. La serie emocionó al público por su ardorosa expresividad. Su armonía. Su fuerza. En Bestiario cada caballo, cada toro, cada león parece que lleva sangre en las venas; cada asno, cada águila, cada búho parece que ha heredado el carácter sanguíneo del artista. Serie que impresionó al público por lo monumental, por sus materiales novedosos e insólitos como puntillas y herramientas de trabajo. En Bestiario los materiales son parte de la interioridad y de la fortaleza física del animal esculpido. Es el caso de  
“León- fierro chatarra”. En esta escultura la melena del león está hecha con llaves de ajustar o aflojar tuercas, haciendo parte armoniosa del conjunto físico y de la actitud amenazante que aparece en el rostro y en la postura del león. Serie que además comprende bellas tallas como Caballo en hierro; Torito fundido en bronce; Caballo en hierro, entre otros. En la serie que después llamará Aves de América, destacan por su vivacidad y variedad: Los cóndores; Relieve, ave en hierro; Cóndor en hierro; Ave en hierro; Ave del paraíso en hierro y bronce; Cóndor en hierro y Pájaro precolombino con chatarra de hierro y bronce, entre muchas otras. Con Bestiario el mundo de la plástica dejó de ser un país para Delfín y se convirtió en un continente. Bienales, exposiciones, viajes, invitaciones le llegaron de los distintos países de América. Con Aves de América, la muestra con la que recorrió varios países, el mundo de las artes se convirtió en una esfera.

{slider 16 Valores estéticos}

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En la correría que había hecho en pos de sus raíces estéticas, Delfín reafirmó algunos valores estéticos esenciales: el valor el de decir desde dentro lo que hay que decir (Pareja amorosa junto al mar); el valor de crear obras cercanas a la vida (Ave atacando a pez); el valor de crear obras bellas en su imperfección (La dama y el perrito; El beso cholo); el valor de levantar el telón de lo visible (El cargador, piedra, cemento y soga). Valores estéticos que incorporará en su polifacética obra: en pinturas, esculturas, tapices, grabados, joyas, afiches.  
El acercamiento de Delfín al arte precolombino, también influirá en una parte de sus posteriores creaciones: en sus tapices (Tapiz-Pájaro, Tapiz-Circular, tapiz Flores y pájaros, tapiz Dos aves, tapiz Pelea de gallos). En sus joyas, chimeneas, adornos. En su obra Chola Piurana hecha en mate burilado y quemado; en Pescado, hecho también en mate burilado, coloreado y con una aplicación de bronce que hace de cola del pescado.

17 Otras series

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Bestiario fue la revelación de Víctor Delfín como escultor. Fue la declaración pública de su destino de escultor. Fue su manifiesto de lealtad al arte. El artista ya no se detuvo. Creó otras series. Creó Los Signos del Zodiaco (1968), Cabezas (1969); la serie Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada.  
Retratos. Cuadros contestatarios. Pinturas eróticas. Naturalezas muertas al lienzo y esculpidas. Tapices. Joyas. Afiches. Escribió cuentos. Poemas. Artículos. Manifiestos en defensa del planeta. Manifiestos por la paz y en pro de la democratización de la cultura.

18 Vena artística

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La vena artística de Delfín no es fortuita. Es una vena que se ha bañado en los manantiales de la música. De la música del agua que ha fluido por el cauce de sus días, unas veces como mar y otras como río; con notas aguamarinas aposentadas en su alma como las raíces de los ficus en la tierra; notas aguamarinas que un día rebosaron su corazón de nostalgia y lo sacaron corriendo de Quito porque no tenían pentagrama. Vena artística que se ha bañado en la música de las palabras, de la vida y en la música creada por el hombre. Manantial sonoro que lo ha inducido a escribir poemas como El bosque imaginado. Canto 1. Confieso que he gozado. La bestia. Poema marino. Lunes 9 de abril. Lunes 9 de abril: “Aquí estoy/ reconstruyendo/ esta tarde/ para que no se deshaga,/ no se esfume, ni se olvide,/ mientras una gaviota/ se desliza en la playa/ como una palabra./  
“El viento canta a dúo/ con el mar una canción,/ el sol agita sus brazos de fuego y me pide ayuda porque no/ quiere irse, como yo./ “Ya somos dos los que queremos/ quedarnos con esta tarde, / con este abril,/ con este nueve.” Víctor Delfín, 2007, Barranco. Manantial artístico que lo ha llevado a pintar poesía: Vendedora de frutas”, Ayacucho”; a concebir la visualización erótica de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda; a moldear el Amor: El Beso -1992-: Escultura ubicada en el Parque del Amor. Grandiosa obra que en la actualidad hace parte de uno de los espacios públicos más bellos de Lima. Escultura que encierra la cosmovisión del escultor sobre el amor.

19 El Beso

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Para Víctor Delfín el amor es magia; es la razón de ser en este planeta; es semilla que florece donde quiera que se siembre; es lluvia que purifica el espíritu; es potencia libre y natural. Su monumental escultura El Beso, es la cristalización de esta concepción. Es el autorretrato del artista acompañado de su “musa constante”. Esta sensual escultura comienza su gestación en Barranco, en La Casa Taller Delfín. Comienza en los ratos de ocio del escultor. En sus pausas en el trabajo. Cuando observaba desde el ventanal las parejas que se paseaban por la playa tomadas de la mano; cuando seguía con curiosidad sus altos en la caminata para mirarse a los ojos como si estuviesen hipnotizados; cuando presenciaba los besos que parecían fundir los cuerpos en uno solo; o era testigo de los sagrados silencios de las parejas que se sentaban frente al mar; o adivinaba los desencuentros de los amantes en las manos que se movían nerviosas, y la brisa marina le confirmaba llevando hasta sus oídos el eco de sus gritos y lamentos. Este polimorfo rostro del amor casi siempre gozaba de un ardoroso crepúsculo en el horizonte. De tanto disfrutar y de tanto sufrir a las parejas que visitaban la playa de Barranco; de tanto ver su historia amorosa reflejada en ellas, un día Delfín sintió la necesidad de ilustrar estas imágenes. Dibujó en papel carbón, en tinta china, en lápiz, en carboncillo, en pastel, en acuarelas. Dibujó innumerables veces las imágenes de las parejas que veía y había visto en la playa. Intentó darles forma en arcilla. Pero nada de lo que bocetaba o moldeaba le satisfacía. “Hasta que una tarde de invierno las imágenes que dibujó empezaron a cobrar vida”. Inmerso en el tema del amor de pareja, “dibujó escenas de enamorados de pie; escenas de amantes abrazados con fuerza; de parejas mirando plácidamente el horizonte; de parejas caminando tomadas de la mano. Por último bocetó la imagen de una pareja sentada en la arena, mirándose al rostro, acariciándose los cabellos y besándose con pasión”. Al terminar este boceto, exclamó: “! Eureka!, ésta es la pareja”. Encendido de emoción, se quedó mirando el boceto… Se sintió seguro de la postura y de los gestos de su pareja de enamorados. Se sintió seguro de que sería un homenaje al amor en escultura. Que la escultura sería en cemento y de tamaño monumental. Pero había algo de lo que no estaba seguro… Había algo que aún estaba en el tintero… El tipo de belleza que plasmaría en su obra… Sabía que no deseaba una pareja estilo Rodin. De eso estaba seguro… Fue entonces que tuvo que hacerse la pregunta cumbre: “¿qué tipo de pareja esculpiría? ¿Una pareja de ciudad: elegante y bien vestida? O, ¿una pareja de su pueblo: una pareja de cholos de Piura, o de Chimbote, o de Punta de Borbón, de Cabo Blanco, de Lobitos?  
“Esculpiría una pareja de cholos de la Costa del Pacífico del Perú, una pareja con los pies descalzos, vestida con sencillez; ella con su cabellera larga, sin trenzas y con un vestido simple, como el de una mujer de un pescador”. Bocetó la primera imagen, luego otra y otra y otra, y otra… “Hasta que logró, sin refinamientos, la pareja chola que había imaginado. Para conseguir la pareja chola tuvo que centrarse en una imagen que no tuviera nada que ver con los cánones de la belleza clásica, ni con el estereotipo de las modelos estadounidenses”. Pero faltaba algo en su boceto, faltaba el rostro, el rostro de una modelo que se ajustara al cuerpo de la mujer que tenía en mente. De pronto apareció Ana María Ortiz a buscar su cámara fotográfica… Todo se iluminó a su alrededor… El rostro de Ana María Ortiz había aparecido como caído del cielo: ése sería el rostro de su homenaje al amor. Habló con ella, le expuso su idea, se pusieron de acuerdo. Delfín se puso a trabajar día y noche como si tuviera los días contados. Trabajó hasta perder la cuenta del tiempo que le llevó esculpir la obra. Trabajó hasta la tarde de verano que vio materializada la imagen de la pareja que quería, hasta la tarde de verano que supo que su monumental escultura tenía la forma y el espíritu amoroso que él quería. La denominó “El Beso”. Como retribución a la naturalidad y exquisita sustancia que yace en el seno de la emblemática escultura El Beso, el municipio de Lima le regaló un espacio abierto donde vivir por siempre y el privilegio de convertirse en monumento público de los enamorados. El Beso, llamado inicialmente Los Amantes del Acantilado, es el monumento de los enamorados de Lima y de todo el Perú desde febrero de 1993 que fue ubicado en el Parque del Amor. Parque situado en el malecón del Distrito de Miraflores. Un escenario idílico para la recreación del alma humana por la vida que lo circunda: mar, pájaros, vegetación, brisa. Y desde el 14 de febrero de 1993, por la poesía que le añadió El Beso. Desde entonces, el Parque del Amor, con la simbólica escultura de Víctor Delfín, se convirtió en el sitio preferido de los limeños para el festejo de matrimonios colectivos y el encuentro de parejas que se dan cita para celebrar el Día de San Valentín. Insisto, El Beso es compañía y es un estímulo para los amantes; alienta el festejo del Día de San Valentín; incita a soñar las bodas con poesía. El Beso es símbolo de la ternura, el idilio, el sueño, la belleza; es la cristalización de la vida que ama y se reconoce en la estrella que corretea por su sangre.

20 Corretea una estrella

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Por la vena artística de Víctor Delfín corretea una estrella. Una estrella planetaria. Una estrella que sabe que donde quiera que se agiten corazones sensibles al arte, la obra de Delfín será bien recibida. La historia de las exposiciones de Víctor Delfín en la Gallery Bayard en New York tiene relación con esta estrella planetaria. La historia comenzó meses antes de que Delfín viajara a New York. Comenzó con el columnista de la revista Internacional Geo Mundo, Frank Calderón, quien apareció repentinamente en el taller del escultor para hacerle un reportaje. Reportaje que publicó Geo Mundo tres meses después en doce páginas ilustradas con obras de Delfín. Reportaje e ilustraciones que llamaron la atención de la Galería Bacardi de Miami, donde poco después se hizo una exposición con veinte esculturas de Delfín (leones, toros, caballos, aves, peces). Los viajes que tuvo que hacer el artista a Miami le sirvieron para fortalecer la amistad con Frank Calderón, quien le sugirió que expusiera en el barrio Soho de New York Ciy donde había varias galerías de arte interesadas en el arte latinoamericano. Delfín viajó a New York cautivado con la idea de exponer en una de las ciudades más exigentes con los artistas. También viajó motivado por el deseo de visitar el Museo Metropolitano y el Museo de Arte Moderno de New York. Acompañado de su compañera Cecilia llegó a New York un día de otoño del año 1977. Después de dejar las maletas en el hotel, Delfín y su compañera tomaron un taxi que los llevó al barrio Soho. Allí almorzaron en un restaurante italiano llamado Rocco. Luego la pareja se dirigió a la calle Best Broadway. En dicha calle Delfín vio a través de unos vidrios limpios, unas paredes blancas y vacías, y a un hombre sentado en un escritorio blanco, revisando unos documentos. Al ver aquel cuadro le dijo a su compañera Cecilia, señalando hacia el interior de la galería de arte, “mira, ese es el espacio ideal para exponer mi obra”. Tocó. El hombre lo miró con un gesto de desagrado en el rostro. Se paró de mala gana y abrió la puerta. Le preguntó en inglés qué deseaba. Delfín, para no hacerse lío explicando por señas que no sabía inglés, le extendió el catálogo de la exposición que había hecho en la Galería Bacardi de Miami.  
Christopher Bayard, el director de la Gallery Bayard, años después narraría este encuentro con Víctor Delfín. “Mi primer encuentro con Víctor Delfín fue una tarde de otoño de 1977, cuando después de cerrarse la galería, vi un hombre que miraba a través de la ventana mientras yo montaba una exposición. Golpeó con los nudillos pidiéndome que lo dejara entrar y, yo, un tanto irritado por la interrupción, abrí la puerta para ver qué quería. El caminar del hombre me recordó a Toro Sentado, el famoso jefe de los indios Sioux; no hablaba inglés y fumaba en pipa con gran dignidad mientras se las arreglaba para comunicarme con alguna dificultad que su nombre era Víctor Delfín, que era artista peruano, y quería que yo viera fotografías de su trabajo. “Me tomó treinta segundos decidir que Delfín y la Galería Bayard recorrerían un largo camino juntos y podía arreglar una exposición en tres meses. Sin un lenguaje común; usando una extraña combinación de inglés, francés, español y lenguaje de signos, señalando las fechas en un calendario y dibujando figuras en un papel condujimos nuestro negocio”. Esta anécdota es suficiente para ilustrar la estrella planetaria que corretea por el cielo de Víctor Delfín. La estrella que le abrió a sus obras el corazón de una ciudad donde Delfín era un desconocido y donde supuestamente hay que vivir varios años en ella y darse a conocer para poder exponer: New York. Pero el escultor peruano sólo tuvo que poner imágenes de su obra frente a Christopher Bayard para que le permitiera exponer en Bayard Gallery durante varias décadas. Igual le sucedió con otros países en los que su obra, en especial sus esculturas, se abrió paso como si llevara una estrella encima. Fue el caso de sus exposiciones en Ecuador, en las ciudades de Quito y Cuenca; en Sao Paulo, Brasil; Chile; Costa Rica; República Dominicana; Bogotá, Colombia.

21 Siguiendo con la vena artística

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Dije antes que la vena artística de Delfín es el resultado de una cuidadosa alimentación del espíritu. Dije también que esta vena lo ha llevado por distintos manantiales. Añado que su fina sensibilidad lo ha hecho recrear la sensualidad: Pareja frente al mar; Pareja amorosa junto al mar. Lo ha hecho plasmar el erotismo: El pescador y su musa; Cerca del mar; Venados; Pareja de gallo y gallina; Amor de chanchitos; El encuentro. Lo ha llevado a vibrar con nombres de animales: “pavo real, ave del paraíso, albatros, pájaro niño, huerequeque. A delirar con la sinfónica del Valle del Chira, la del mar, la de la selva y la de los zoológicos. El delirio con la música de los pájaros y los sonidos animales, lo volcó a una obsesiva búsqueda del espíritu animal. Búsqueda que le ha inspirado figuras animadas de una energía que las hace una sensible compañía tanto en la pintura como en la escultura. Porque Delfín ha sentido y pensado a los animales en el lienzo;  
los ha esculpido para que vivan en el regazo de parques, plazas públicas y en la memoria de la gente. Los ha llevado a los tapices, a las joyas. Esta recreación aguda y sentida de aves y animales es fruto de una aplicada observación. Porque adonde ha ido -Manhattan, Sao Paulo, Buenos Aires, México New York-, ha visitado los zoológicos. En los zoológicos “se ha mirado cara a cara con los pájaros; se ha estremecido con la fuerza de la mirada del buitre y del gavilán”; ha mirado directo a los ojos de las aves rapaces; se ha sobrecogido con la penetrante mirada de las águilas”; se ha compadecido del desarraigo de los monos. En los zoológicos ha estudiado los gestos, las reacciones y la anatomía de los animales. Este conocimiento del mundo animal junto a su conocimiento de la naturaleza del ser humano hace que su obra de arte esté poblada de animales con fulguraciones humanas.

22 Los animales

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Los animales son los símbolos favoritos de Delfín cuando quiere poner su alma a sol y sombra; son las imágenes que le sirven para hacer visible su espíritu; los símbolos que utiliza para transfigurarlo en formas que se agitan, braman, gimen, rugen, relinchan. Estos matices emocionales aparecen personificados en toros, leones, sirenas, cocodrilos, caballos, asnos. Y en las aves. Especialmente en las aves por ser sus mensajeras favoritas: en los cóndores, colibrís, huerequeques, águilas, gallos, loros, aves del paraíso, palomas, búhos, entre otras. Las aves son sus mensajeras predilectas por la libertad que emanan; por la gracia y la delicadeza de sus movimientos; porque a través de ellas se conecta con el niño que lleva dentro: el niño que creció entre aves marinas; se conecta con la huella genética del arte precolombino creando pájaros míticos y otros símbolos ancestrales como Pájaro precolombino con chatarra de hierro y bronce; se conecta con la libertad que puede expresar en el vuelo de las aves y en la fantasía de sus creaciones: Ave del paraíso en hierro y bronce. Los cóndores, escultura en bronce martillado. Paloma de la paz, escultura en concreto armado y terrazo blanco. Se conecta con las haciendas algodoneras del Valle del Chira que visitaba durante las vacaciones escolares. Allá donde los campesinos enseñan a sus loros a hablar; donde las soñas entonan acariciadoras melodías; donde hay “cuervos renegridos que parecen de metal”; donde vive el pájaro que construye nidos como arquitecto y canta como tenor en la puerta de su casa-nido: el chilalo.  
El ave que construye su casa-nido con arcilla y ramitas que cuelgan como frutas confitadas en las ramas de los algarrobos. El Valle donde conoció el huerequeque: el pájaro que tiene cabeza como bola de billar, cuello como avestruz, cuerpo monumental y patas como alambre. El ave que pintó, esculpió y llevó a vivir con él en Barranco por sugerencia de la “musa constante”. En la casa-taller del artista el huerequeque se movió con soltura, correteó por ella como si hubiera nacido allí, bailó ballet y acompañó al artista en su trabajo como un discípulo aplicado. Participó con tal familiaridad del mundo plástico de Delfín, que una noche se comió unos reptiles en relieve y al óleo que el artista había dejado secando. El huerequeque los confundió con bichos reales. Eran una sátira contra Fujimori y sus incondicionales; cada bicho tenía el rostro de uno de los colaboradores de este mandatario sin ética. Lo cierto es que a la mañana siguiente, Delfín lo encontró muerto. “Huerequeque violeta en hierro”, es un homenaje a este correcaminos que murió accidentalmente. Esta escultura, expresiva y majestuosa, hecha con tubos en color violeta, es un huerequeque a punto de dar un paso. Hace parte de la colección personal del artista. A este pájaro que lo deslumbró desde la primera vez que lo vio en el Valle del Chira, también lo pintó en acrílico sobre tela: es un huerequeque a orillas del mar, con mirada vivaz y alerta. Un huerequeque esquivo, no domesticado.

23 Creatividad sin fronteras

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Cuando el motivo de inspiración es un ave, un colibrí, por ejemplo, Delfín pone por delante su imaginación y la dispone a un vuelo sin fronteras. En ese momento no sabe con certeza lo que le deparará su libertaria imaginación. Sólo que se siente volar. Se siente niño. Siente la urgencia del compromiso con el motivo de inspiración, sabe que debe plasmarlo antes de que haga las veces de pájaro, antes de que se le esfume, porque las ideas son como los pájaros, que si no se las moldea a tiempo, vuelan. Y si eso le sucede, ya no contará ni con el impulso ni con las ideas para crear la obra o el motivo que se le apareció. Por eso entra lo antes posible en la ronda del juego, en el olvido de la creatividad sin fronteras.  
El pájaro puede nacer con enormes alas y cuerpo pequeño; o con un cuerpo monumental y una cabeza pequeña –como el huerequeque-; o con tres alas. Es posible que lo trabaje como tapiz, o como grabado, o como escultura, o como joya; o en un cuadro; o en relieve. Esta versatilidad aparece en los materiales que utiliza: puede plasmar el pájaro en hierro, oro, aluminio, bronce, plata, cemento; lo puede crear al óleo o al carbón; o en grabado sobre metal, madera o linóleum. Esta libertad para tratar los temas y trabajar en materiales tan diversos le permite crear obras que son un goce emocional donde quiera que se exhiban: en lugares abiertos o en recintos cerrados.

24 Retratos

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Cuando Delfín trabaja un retrato, no se atiene a la imaginación, se atiene a la sensibilidad y a la realidad. Procura ser fiel a la imagen y al espíritu de la persona que retrata. Esta fidelidad la consigue haciendo un dibujo aproximado del rostro; acercándose al tono de la piel; buscando con celo el aura de la persona y auscultando en su interior hasta compenetrarse con las tonalidades, formas y temperatura ambiente del alma de la persona retratada. Sus retratos están concebidos con pinceladas espesas de óleo que dan volumen a los rostros, pinceladas en tonos afines al espíritu retratado; en fondos de color uniforme y en concordancia con el espíritu del retrato; con luces y sombras definidas; en uno que otro retrato aparecen líneas en los contornos.  
De lo que resultan retratos físicamente definidos y de una interioridad condensada en la mirada, como los Retrato a Ana María, la “musa constante”; o retratos que, cual colmenas, guardan el espíritu exaltado de la persona, como los Autorretratos; o retratos que son enjambres de emocionalidad, como Retrato de mujer, 1967, y Retrato de Cecilia; o retratos que configuran el carácter sereno de la persona, como El flaco Melgar en traje goyesco y Retrato de Alejandra Delfín. En suma, los retratos de Víctor Delfín son naturales y de sentimientos concentrados; son ánforas del alma de la persona retratada; panales de la polifacética vida interior y exterior del ser humano. Los retratos de Delfín son espejos que reflejan por dentro y por fuera a la persona.

25 Naturalezas muertas

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Con las naturalezas muertas es más libre y osado. En las naturalezas muertas mezcla materiales y aplica el color a su antojo, como en Naturaleza muerta con  
cuchillo, Bodegón con botella, o Naturaleza muerta con pescado. Esta última está hecha con piedras, metal y cemento coloreado.

{slider 26 Andanzas por la historia}

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Delfín no ha sido indiferente a la historia. La acumulación de memoria ancestral en sus nervios lo ha llevado por los cañones de la historia. Lo ha llevado a esos valles encajados entre paredes de huesos humanos. En esos valles de sangre se ha puesto al pie del cañón recreando sucesos del pasado indígena que aparecen en el Mural en hierro policromado al ejército imperial Inca: un mural de grandes dimensiones ubicado en la Escuela militar de Chorrillos; y en su Alegoría Historia del Cuzco ubicada en el hotel Inca Imperial, Cuzco, Perú. En una de sus andanzas por la historia un día se encontró con Oswaldo Guayasamín. Luego de un caluroso abrazo entablaron un diálogo que precisó de varios encuentros por la seriedad del tema que trataron. Los cañonazos de su diálogo se escucharon más allá del valle de huesos.  
El diálogo entre estos dos maestros de la plástica latinoamericana quedó registrado en La Capilla del Hombre. Aparece en la recreación que Víctor Delfín hizo del descuartizamiento de Túpac Amaru para La Capilla del Hombre. En esta obra vemos una representación en bronce de la forma como mataron a este respetable antepasado indígena. Se ve la silueta de Túpac Amaru en bronce, tirada en el suelo, con las extremidades abiertas como un compás debido a los cuatro caballos enfurecidos que tiran de sus piernas y brazos.

27 Cuando la realidad

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Cuando la realidad ha sido alterada por algún acontecimiento social, Víctor Delfín, para esclarecer el origen de la conmoción social, levanta vuelo como un águila. Entonces planea, observa, interroga, interpreta. Una vez que ha concebido la imagen que materializará en el cuadro, baja. El parto esta vez es un reflejo de la respuesta que la realidad le ha dado: una escena cotidiana dramática:  
Homenaje a Victoria Cueto Janampa y a los campesinos muertos por los Sinchis en Soccos; la masacre de los penales; la torturada, entre otros; una situación paradójica: Los harapientos del Perú pagan puntualmente la deuda externa; uno de los rostros de la codicia y barbarie humana: Retrato de un miserable”: escultura en piedra y metal, y El hermoso general. En esta última obra vemos un personaje como hecho de mármol aunque esté pintado al óleo.

28 Abanico de la realidad

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El complejo abanico de la realidad ha tocado las fibras de la conciencia social de Víctor Delfín en otras ocasiones. Como en el 2010 que el progresivo deterioro del Planeta lo llevó a manifestarse públicamente. A comienzos del 2010, conmocionado frente a los cambios climáticos de la tierra y preocupado ante la lenta extinción de algunas especies animales y vegetales, escribió un manifiesto en el que pedía que el Estado peruano declarase el 2010 el año de los animales. O en 1995 cuando los gobernantes de Perú y Ecuador, en una de sus tanáticas escaramuzas por asuntos fronterizos, pusieron en vilo la paz y la hermandad de estas dos naciones. Delfín, para salvaguardar la fraternidad y la paz entre los dos pueblos hermanos, organizó un encuentro entre artistas peruanos y ecuatorianos en el puente Internacional de Huaquillas. Se hizo en el puente que une los dos países por iniciativa del poeta Arturo Corcuera. Allí se encontró Delfín el 01 de marzo del mismo año con sus colegas Osvaldo Guayasamín y Osvaldo Muñoz, los escritores Jorge Enrique Adoum, Eliecer Cárdenas y Carlos Caderón Chico y Pablo e Igor Guayasamín, de la Fundación Guayasamín (de Ecuador); con Arturo Corcuera, Leslie Lee, Enrique Polanco, Edmundo Pantoja (de Perú). En un abrazo fraternal, los artistas invocaron la paz, la justicia y la libertad para los dos pueblos hermanos. Invocaron sus ideales de unión e integración de Ecuador y Perú para poder construir sociedades libres de pobreza, de injusticias y violencias. Ideales contra los que atenta la guerra. En el mismo año, 1995, cuando participó en las luchas populares contra la ley de amnistía (ley 246479) que liberaba de responsabilidad a algunos miembros del comando paramilitar del Grupo Colina que habían asesinado a personas inocentes en Barrios Altos y La Cantuta. 
Así como en Soccos, Cayara, Acomarca, Chumbivilcas. Y en 1997 cuando se integró a las protestas populares contra la ley que consentía la postulación de Fujimori a la presidencia por tercera vez. Durante aquellos años la Casa Taller Delfín se convirtió en el sitio de reunión y coordinación de artistas, sindicalistas, curas como el teólogo Gustavo Gutiérrez, políticos, empresarios, amas de casa, profesionales, estudiantes y trabajadores. A la Casa Taller Delfín llegaba a diario toda la gama de la población peruana que luchaba contra el gobierno de Fujimori. Es claro que la sensibilidad de Víctor Delfín ha sido receptiva al compromiso con la cultura, la salud del planeta, la paz mundial, los conflictos políticos de su país. Como también es claro que su conciencia social ha sido el motor de sus actos de solidaridad y protesta en los distintos momentos de la historia. Que su pasión por la vida, la equidad, el respeto, el libre albedrío y los derechos humanos lo han llevado a la convicción de que “los militares en un proceso democrático son como el árbol que quiere crecer y no puede, porque hay una fuerza oscura que se lo impide”. También es claro que la esencia humanista del artista aparece reflejada en los cuadros y grabados que tienen motivos que buscan conmover, hacer pensar, despertar la conciencia social del espectador, tal como vemos en sus obras Réquiem por los torturados, País de mierda, Los inocentes presos, El Hermoso General, Vagabundo descansando, entre otros.

29 Condecoraciones

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El espíritu humanista de Víctor Delfín no ha pasado desapercibido para los franceses, quienes en 1998 lo invitaron a participar en la celebración de los cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el Palacio Chaillot de Paris. Ni para el gobierno ecuatoriano que en el 2000 le  
concedió la Medalla de la Orden Nacional al Mérito en el Grado de Oficial. Ni para los chilenos: en el año 2002, Delfín recibió la condecoración Bernardo O´Higgins de parte del gobierno chileno. Y en el Perú, en el 2001, el gobierno lo condecora con la Orden el Sol en el Grado de Comendador.

30 Ochenta y tantos años

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Delfín llega a los ochenta y tantos años como un navegante sensible a los conflictos de un mundo que hace tiempo dejó de ser un conjunto de países islas para convertirse en un planeta aterrorizado por dragones prestos a exterminar la vida humana, vegetal y animal. Llega a los ochenta y tantos años como un navegante solar  
“con el viento a su favor”: con un cargamento de obras de arte de una riqueza emocional que, cual centellas, resplandecen en “playas llenas de inspiración y de placer”. Llega a los ochenta y tantos años como un navegante ejemplar que sigue creando bajo el embrujo de la Barca que dice “La vida es sueño”.