ESCRITOS

POEMAS

LA BESTIA QUE HAY EN MÍ

La bestia  estuvo  aquí.

Y fornicó,

Y maldijo  y renegó de todo,

negó la religión que le impusieron.

Buscó y encontró

mucha porquería.

Se la comió,

La digirió.

Y descubrió, después de

haber defecado,

que había vivido

en un mundo perverso, hipócrita.

Lleno de mentiras.

La bestia se retiró.

No aceptó

lo que los demás

aceptaban sin chistar.

 

La escuela, por ejemplo,

a la cual asistió

sin entusiasmo,

el  ejército al que

nunca fue,

pero sabía

que ahí se quemaba

lo poco que quedaba

de la espontaneidad,

la gracia y la poesía.

Si no mató,

No fue por cobardía

ni porque la

sangre le asqueara,

si no robó fue porque

la oportunidad no fue

propicia.

PARA ANY

Cuando me muera mi amor,

llena dos copas,

una con vino tinto,

con vino blanco la otra.

Cuando me muera mi amor,

quiero que escuches

“El himno de la alegría”

de Beethoven

y la “Pequeña sinfonía” de

mi adorado Mozart.

No me dejes morir

como un villano

que bebe, traga,

sin ningún sentido.

Déjame morir

como un humano

que ama la belleza

y a sus hermanos.

Nada de rezos, misas

ni falsos funerales.

Baila como tú y yo bailamos,

como tú y yo cantamos,

brinda por lo bien

que lo pasamos,

por nuestros sueños realizados,

por la libertad

que luchamos,

por el tirano que

vencimos.

Bebe ese día, como tú y yo

bebimos,

y si aflora

en tu hermoso rostro

la tristeza,

y quiere marchitarse

tu belleza,

llora por todos,

ni por mí, ni por ti

llora por todos.

MANIFESTOS

AÑO 2000

2010 EL AÑO DE LOS ANIMALES

Ante la urgencia de enfrentar el cambio climático, y conociendo los escasos logros de la reciente cumbre de Copenhague, sería importante que nuestro país tome la iniciativa en defensa de nuestra riqueza forestal y de nuestra fauna declarando este año que comienza: El Año de los Animales.

Para sustentar este tema me he permitido  reflexionar sobre los abusos que los seres humanos cometemos con los animales de todas las especies, por ejemplo los abusos que algunos “deportistas” de caza submarina practican con los animales al arponear a las orcas, delfines, tiburones o lobos marinos. O el degollamiento de las focas, de las Martas o de las Nutrias para arrancarles la piel y convertirlas luego en elegantes abrigos para  damas.

Considerando:

  1. Que los seres humanos han desarrollado una capacidad de crueldad que supera a cualquier bestia, basta asistir a una corrida de toros, por ejemplo, que además está asociada a la gran fiesta cristiana nacional: El Señor de los Milagros. Resulta chocante por la sencilla razón de que la víctima: el toro, está a merced de un ritual muy parecido a la ejecución de un inocente: un fortachón protegido a la usanza medioeval, aparece montado en un caballo en el ruedo y apenas aparece el toro, sin más requilorio le propina un espolón con un hierro cual arpón en el lomo “del astado”, como dicen los entendidos; el animal herido trata de defenderse, pero el abusivo rejoneador no cede un instante en aplicar su contundente arma en el lomo del cuadrúpedo.
  2. Luego aparece un personaje con atuendos de baletista y se da maña para aplicarle a la bestia herida en el mismo lugar, un par de arponcillos camuflados por colorinches que son clavados como estacas otra vez en el mismo lugar, en el lomo de la víctima.
  3. Luego que el diestro trata por todos los medios de romperle el cuello al Toro con los movimientos de su colorida capa, y cuando el animal está agotado, lo mantiene a raya y le introduce la espada “hasta la empuñadura”, el astado derrama su sangre sobre la arena: la fiesta ha logrado su esplendor y el público aplaude esta masacre.
  4. Hago una pausa y añado:

Un sabio argentino (hay pocos pero hay), harto de tanta incapacidad de los congresistas de su patria, llevó una carreta repleta de forraje al Congreso de la República; se dice que pese al atracón de hierba que se dieron, los congresistas en general nunca superarán la inteligencia de los equinos.

  1. Los obtusos por ejemplo, tienen la pretensión de ser más inteligentes que los burros.
  2. Es peligroso, claro está, entrar a la boca del lobo, pero más terrible es estar en la boca de un chismoso.
  3. Me he dado cuenta en nuestro país, que las cucarachas son más moscas que las moscas.
  4. Que las arañas son las Penélopes nocturnas: tejen en la oscuridad.
  5. Las jirafas son las pitucas de la selva porque siempre andan con el cuello estirado.
  6. En el acto del amor, bienaventurados sean los animales, pues para hacer el amor no necesitan desvestirse.
  7. Y a propósito: el acto del amor en los canes se prolonga siempre más de la cuenta.
  8. ¿Por qué las gatas cuando hacen el amor dan unos alaridos de la puta madre?
  9. Y me pregunto: si el león es el Rey de la Selva, ¿Tarzán sería un gorila golpista?
  10. Por último: Si Dios creó al primer hombre, ¿quién fue el genio que creó a los animales?

Aprovecho queridas amigas y amigos para desearles lo mejor del mundo en este año que se avecina amenazadoramente.  Hagamos un esfuerzo por ser tolerantes, solidarios, desprejuiciados y amorosos.

Fraternalmente: Víctor Delfín

UNIDOS HASTA LA MUERTE

Cuando conocí a Oswaldo Guayasamín y a Jorge Enrique Adoum en el Taller  del Pintor, eran dos fuerzas unidas: la fuerza  y la  delicadeza; sus voces eran un dúo de expresiones rebeldes, el pintor y el poeta se conocían desde jóvenes, habían batallado como todos los jóvenes del mundo por cambiar el sistema. Ningún sistema es perfecto, por eso la utopía es la musa de todos los rebeldes.

Más tarde, cuando los dos hermanos pueblos del Perú y Ecuador repetían el rito intermitente de una guerra fratricida,  Oswaldo y Jorge Enrique se indignaban ante este eventual suceso por eso cuando llamé a Oswaldo Guayasamín y le dije por teléfono que había que evitar un conflicto entre hermanos, inmediatamente me respondió con esa fraternal manera  que él tenía:   “Por supuesto, unámonos en la Frontera” nos abrazaremos allá y estará conmigo Jorge Enrique. Fuimos a iniciativa  del poeta Arturo Corcuera  al  puente Huaquillas,  invocamos la Paz y como siempre la Libertad y por supuesto la Justicia. Hace pocos años murió el pintor  autor de la “Edad de la ira”  y de “Los caminos del llanto” y en su funeral recuerdo haber oído a Jorge Enrique decir: “si me muero, dijo sollozando, quiero que me entierren junto a mi ñaño” – el Oswaldo-. Hoy, un cable me anuncia que Jorge Enrique Adoum, el autor de “El amor desenterrado y otros poemas”,  “Informe personal  sobre la situación y postales del trópico sobre  las mujeres. Entre “Marx y una mujer desnuda”, el premiado en México con el Premio Javier Villa Urrutia; el Premio Nacional de la Poesía de Ecuador, el que fue embajador de su país en Francia, el queridísimo Padre de Alejandra  y de María Ángela Adoum, ha partido. 

Ayer ha seguido los pasos de su hermano Oswaldo Guayasamín y sus restos han sido enterrados tal como él lo quiso junto a la tumba del Pintor en el “Árbol de la vida de la Capilla del Hombre”. Mi más profundo pesar a los hermanos ecuatorianos  por la ausencia  de su Poeta y de un hombre entrañable.

                                                                                                           Víctor Delfín

RECUERDOS

CUANDO YO ERA JOVEN

Cuando yo era joven, es decir hasta los 80 años, cantaba en reuniones con mi voz desentonada: en eventos sociales, en bares, en cafés, en prostíbulos, y a toda voz en las calles de Lima y otras ciudades, pero ya no tengo con quien cantar, porque los que me acompañaban con la guitarra o con sus voces, como mi amigo el Flaco Alcohol, que era un muchacho de mi pueblo que tocaba desde los doce años, murió en un accidente. Yo me inicié con el Flaco Sacarías que recordaba todos los pasillos ecuatorianos y cantábamos por las tardes en mi pueblo, ya no está Requena que memorizaba todos los valses argentinos, ni el grandazo Meléndez con quien cantábamos a dúo los boleros de moda, él también se ha marchitado, Edmundo Pantoja que conocía todo mi repertorio debe de estar cantando en alguna nube en el firmamento, Ángel Chávez y Frank Oroz con los cuales alegrábamos a las chicas del Rímac, de  Chacra Colorada, de Arequipa y Puno con las canciones de Los Panchos hicieron mutis por foro, o el mentiroso Bolívar que solo decía la verdad cuando recordaba hermosas melodías, y por último, ya no está la Señora Mercedes, pero me acompaña en el recuerdo cuando canto una canción con voz aguardentosa y de amargura llena.

El HADA MADRINA

Las Hadas Madrinas que existen en el imaginario popular, existen obviamente, pero no como las describen las películas de Walt Disney, ni como las cuentan los escritores de los cuentos de hadas.

Según la tradición son hermosas, bellas, jóvenes, que con una varita mágica transforman el mundo de La Cenicienta, y son, además,  escurridizas y siempre están dispuestas a ayudar al buen campesino, al buen muchacho, a la joven humilde y al niño simpático. La mayoría de hadas madrinas que he conocido en mi camino, han tenido un aspecto muy vulgar, carentes de cultura, desaliñadas, trabajadoras incansables, pero con un corazón de oro, dispuestas a matar mi sed, mi hambre y mi ansia de ternura.

Obviamente, nunca esas bondades vienen juntas. Una hada madrina puede facilitarle a uno la tranquilidad dándole consejos, otra se encarga de lavarte y plancharte la camisa para que estés presentable a cambio de nada, otra te ofrece su lecho para consolarte de tus fracasos amorosos y protegerte de tus males de amor. Otra se encarga de aconsejarte en tu camino, de que te salves de las locuras y tomes el camino correcto  para no perderte en el laberinto de la vida. No hay sexo, no hay interés, y el amor, la simpatía  y la protección son incondicionales.

Doña Mercedes Salazar fue la hada madrina que nos adoptó a tres  camaradas durante un largo periodo en que prolongamos nuestra juventud y que ya hombres hechos y derechos, ex jóvenes, tuvimos el privilegio de que esta dama nos apoyara en los momentos difíciles.

No era una mujer adinerada, no era una mujer que le gustara brillar socialmente, no, no era una vampiresa cincuentona, era una mujer que había tenido solamente hijas mujeres y no había tenido la suerte de tener un hijo varón. Para suplir, supongo, esa carencia, nos adoptó a Edmundo, a Alberto y a mí, el Patito Feo de sus tres hijos putativos, y el más complicado porque no sólo eran mis carencias de dinero sino mi fiebre creativa y mi locura que además me impedían ser un padre convencional y  sostener tres hijos. Por más malabares que hacía para conseguir el dinero para sustentar a mi familia, siempre viví estrecho de caudal, en esa época estrechísima, dramáticamente sin recursos.

En nuestra vida bohemia cuando ya no había timbre que apretar, puerta que tocar, y el hambre y la necesidad de algo caliente en las frías noches de invierno de Lima, el último recurso era acudir a la generosidad y comprensión de la señora Mercedes.

La Mechita, como le llamábamos, siempre pródiga, nunca nos negó una sopa caliente, un arroz con frejol, un delicioso sancochado, unos fetuccinis riquísimos. A la pregunta telefónica, ¿señora Mechita, nos puede recibir?, ella adivinaba el parpadeo y de inmediato sabía que esa llamada era porque nuestro estómago estaba vacío, y contestaba “un momentito, voy a ver si estoy preparada, ¿cuántos son?”, “somos tres”, “vengan nomás”, y nos esperaba en la puerta de su casa con su mandil blanco, alta con la seriedad y altivez de una madre. Nosotros retribuíamos esta atención contándole las anécdotas que habíamos tenido en la semana, o en el día. Normalmente tenía una garrafa de pisco o había que comprarla en el chino de la esquina, y después de un par de copas de pisco empezábamos a cantar canciones que las aprendíamos y las cantábamos desentonadamente. A las doce de la noche éramos despachados de la manera más cordial hasta otra noche y esa otra noche se repitió intermitentemente durante varios años. Alberto se fue a Europa, Alberto se casó en Europa y doña Mercedes recibió a su nuera francesa con la misma simpatía que una madre recibe a su hijo que ha vuelto luego de un largo viaje acompañado por su novia. Era una mujer inteligente, con un sentido del humor y con una dignidad que era imposible faltarle al respeto. Muerto su hijo querido adoptivo favorito Edmundo, y Alberto afincado y con éxito en París, quedé solamente yo en Lima, la suerte me fue favorable, empecé a viajar y la llamaba de vez en cuando, y hasta ahora pienso que esta dama que nos sacó de tantos aprietos es un símbolo de la solidaridad y de la bondad humana.

Cuando ya estaba muy anciana y no podía visitarme, y yo andaba muy ocupado, nuestras conversaciones eran telefónicas, pero tenían una característica original, cuando escuchaba mi voz para saludarla, a cualquier hora del día o de la noche que yo la llamara, siempre añadía la letra de una canción que la habíamos cantado a dúo años atrás y ella daba el pie, el tono y la letra y yo la seguía y nuestra conversación telefónica se convertía en un dúo de voces desafinadas, pero con la armonía de la gratitud y del recuerdo de una vieja canción.

Nuestra Hada Madrina dejó de existir por los años noventa. Siempre tuvo fe en el talento de nosotros sus hijos, y como una madre orgullosa repetía que no la habíamos defraudado. A veces pienso que sin ese soporte afectuoso y sin ese apoyo definitivo, desinteresado, hubiera sido más dura la tarea de sobrevivir en Lima, en donde los artistas, todavía, siguen siendo marginados del Estado y de las clases dominantes.

EL MACHO DEL BARRIO

He repetido varias veces que dedicarse a la creatividad no es una carrera ni es una profesión, es un virus que penetra dentro del elegido como una especie de enfermedad incurable. Esta bacteria que penetra en el espíritu de la mujer o del hombre que son tocados por los demonios de la creación, lo llevará por caminos inimaginables.

Si he vivido a salto de mata durante casi toda mi vida, ha sido por complacer a esta bacteria incrustada en mi cerebro, por dedicarme al dibujo, la pintura, la escritura, la lectura y a todas las manifestaciones creativas, pues nací bajo el signo de la creación un 20 de diciembre de 1927 y mis recuerdos más vívidos están relacionados con mi mano, mi pequeña mano cogiendo una tiza, un lápiz, una pluma llena de tinta, manchando papeles, intentando captar objetos, rostros y cuanto se ponía al alcance de mis ojos.

El descubrimiento de los colores fue progresivo, y a medida que ahondaba con los lápices de color, iban abriéndose más mis pupilas. Recuerdo que cuando a los ocho años tomé conciencia de las puestas de sol en el litoral de la costa donde nací, se produjo una adicción en mí que me llevó a escaparme todas las tardes para observar el maravilloso juego de colores que se encendía como llamas en el cielo del Alto. El Alto estaba situado en un promontorio de los acantilados que circundan la costa peruana. En la parte baja estaba Cabo Blanco, pero eso quedaba a kilómetros de distancia. Desde el mirador que había elegido entre las piedras y el abismo, me sentaba a contemplar fascinado el efecto del crepúsculo sobre un cielo que no siempre era gris y que se incendiaba con naranjas, azules, violetas y grises, blancos que se confundían con los rojos y que producía un efecto alucinante y que no se ha repetido jamás.

Como los niños de hoy que se enloquecen al ver la televisión y los dibujos animados y los juegos por internet, yo salía de mi casa a las cinco de la tarde a contemplar en la gran pantalla del  litoral este fenómeno que me cautivaba, ahí pasaba horas hasta que el sol se ocultaba y veía con tristeza como este fenómeno maravilloso iba desapareciendo por los efectos de la noche.

Como todo placer siempre le pasa al ser humano su factura, yo sabía que el retorno era angustiante. A lo lejos se divisaban las luces encendidas de mi pueblo y regresaba corriendo para llegar a mi casa y que no se preocupen por mi ausencia. Ese trayecto de retorno para mi imaginación infantil era una pesadilla, porque habían unos cables que atravesaban las distancias entre los pozos de perforación que estaban a una altura más o menos de un metro y yo tenía que correr esquivando estos cables porque si me chocaba con ellos en la oscuridad me rompía la cara y tenía que ir sorteándolos para regresar por la ruta más corta a mi casa que quedaba en la primera fila de casas del campamento petrolero del Alto. Eso, añadido a los ruidos que producían las máquinas que penosamente jalaban las maquinas que succionaban el petróleo. Eran como lamentos en la noche, chillidos que yo me los imaginaba fúnebres y de pesadilla y casi a  punto de soltar las lágrimas llegaba a mi casa sudoroso y asustado, y cuando subía las pequeñas escaleras y me encontraba con mi hermana, que siempre me ha protegido, que al verme se preocupada por el estado en que me encontraba. Me tocaba el pecho y me decía “oye mocoso, dónde te has metido, parece que el corazón te va a estallar”. Gracias a la ternura de mi hermana, se equilibraba mi estado de ánimo.

Este fue el inicio de mi primer contacto con eso que los intelectuales y los poetas y los filósofos llaman belleza. Creo que la belleza es algo terrible, y que se paga un alto precio al entrar en contacto con ella. La belleza tiene un aliado que nos tiraniza. Esa maldita palabra que se llama perfección y cuando vamos adquiriendo conciencia de esa dupla: belleza y perfección, aparece otro agregado terrible: la ética. Entonces tenemos que ser, para caminar por el duro peregrinaje de la belleza, buscar la perfección y tratar de ser lo más ético posible.

Con esa trilogía de exigencias empezamos a buscarnos a nosotros mismos y de ahí se desprenden en nuestra vida una cantidad de luchas, de búsquedas, de frustraciones y de sin sabores. Pero qué importa, también la factura que nos da esta búsqueda es reconfortante.

Bueno, ese fue mi destino y lo acepté. Ya de niño me decían que estaba desequilibrado y me trataban de loco y a mí me parecía más bien un elogio. He aceptado mi condición de loco como otros aceptan su condición de burócratas.

Toda mi vida ha sido una sucesión de hallazgos y de frustraciones. Desde ocupar puestos de director, de profesor, de presidente de comisiones, que en el fondo no han servido para nada. He gastado parte de mi vida y energía en tratar de componer y de hacer algo por eso que se llama Cultura Peruana, y la verdad es que lo único que he sufrido hasta ahora son tremendas decepciones, y creo que el logro más importante que he tenido en mi vida ha sido la creación del Ministerio de Cultura con un grupo de fanáticos como yo y políticamente contribuir al derrocamiento de la caída del tirano Alberto Fujimori.

Con ese temperamento fui a la Escuela de Bellas Artes de Puno y en mi afán de mejorar las condiciones de vida de los estudiantes y su status, no fui bien recibido. El pretexto: no era del lugar y era demasiado joven. Y la mediocridad se instaló y creo que continúan en ese ritmo. Cuando me trasladaron como Director a la Escuela de Bellas Artes de Ayacucho, la idea era anexar la escuela a la Universidad San Cristóbal de Huamanga. La pelea duró dos años y fui declarado enemigo público por intentar lograrlo. Las intrigas me pusieron de patitas en la calle. Juré no volver a trabajar para el Ministerio Público y después caminé,  como siempre, sin un centavo, sin un espacio donde vivir, es decir lo que se dice en la calle, con compañera y tres hijos. En ese deambular por las calles de Lima que ya parecía ser una costumbre en mi vida me encontré con mi gran amigo inseparable protector Antonio, que ha aparecido siempre como un ángel protector en mi agitada existencia. Antuco, como yo le llamo, estudió en la escuela muy breve tiempo. Padre consciente, hijo responsable y sin par amigo, Antuco optó por lo cuerdo y trabajaba en una compañía como ejecutivo, ganaba un sueldo bastante óptimo y la picadura de la creación no le había profundizado tanto como a mí, se daba tiempo para protegernos más bien, nos compraba dibujos, pequeñas pinturas y siempre trataba de ayudarme económicamente. En esas andanzas fue cuando me propuso que le dé clases de pintura los días sábados y domingos. Él pagaba el atelier y aparte de eso me daba una suma como para que no me muera de hambre, y fue así como él se ocupó de todo. Tomó un espacio en el Jr. Huancavelica, a unos metros del Jr. De la Unión y sobre la ferretería Ford. El segundo piso era totalmente destartalado, tenía un solo baño al fondo, colectivo, como los viejos callejones pero en la parte alta. La ubicación que había conseguido Antuco era privilegiada porque quedaba a unos metros de la escalera y en pocos minutos estaba uno en el Jr. De la Unión.

Era un cuarto con un pequeño espacio para una cocinita donde permanente había un calentador de agua para preparar té, y se convirtió en el club de paso de los estudiantes de pintura, de los actores de teatro, porque en esa época en Lima estaban casi todas las instituciones creativas.

Me instalé en este espacio y empecé a trabajar con el fervor que había perdido en los años de burócrata y luché por recuperar el tiempo perdido. Me instalaba desde muy temprano y me retiraba a las nueve de la noche a buscar cómo regresar a mi casa, siempre buscando a alguien que pudiera proporcionarme unos centavos para tomar el bus y llegar a Chorrillos donde otras personas me habían tendido la mano y habían ubicado a mi familia.

EL SARGENTO NONONE

Por los años 46, cuando llegué a Lima, tenía que tomar el tranvía en la esquina de la Colmena y la Plaza San Martín, al costado del Hotel Bolívar. Ahí estaba la estación de los tranvías que salían y retornaban al Callao y La Punta.

La Plaza San Martín era el epicentro de la ciudad, de ahí partían el Jr. De la Unión que unía la susodicha plaza con la Plaza de Armas, y la Plaza San Martín a su vez era atravesada por la avenida La Colmena que se prolongaba hasta el Parque Universitario, viniendo desde la Plaza dos de Mayo.

En la intersección de la Plaza San Martín y la Colmena, en el lugar donde repito era la estación de los tranvías, se instalaba todas las mañanas a partir de las siete hasta las 3:00 pm, un personaje deslumbrante: el Sargento Nonone.

Hoy que Lima se ha convertido en un endemoniado y desordenado caos producido por los choferes de taxis, combis, buses y cuanto aparato motorizado ha inundado la ciudad, uno no puede dejar de extrañar al Sargento Nonone con su casco blanco reluciente, su uniforme verde oscuro en el invierno, polainas bien lustradas, guantes blancos como la nieve, que contrastaban con la tez de su piel. El Sargento Nonone era un negro de 1.70mts de estatura, que con su silbato en la boca y subido sobre un podio imponía el orden del tráfico en el corazón de la ciudad, con una elegancia que más parecía Arturo Toscanini o Herbert Von Karajan dirigiendo la Sinfónica de Berlín.

Todos los que teníamos el privilegio de tomar el tranvía en las mañanas o a la hora del almuerzo o a cualquier hora de la mañana, nos veíamos gratificados con el espectáculo que convocaba este sargento simpático y carismático, que se jactaba, cuando se retiró del servicio, de no haber puesto nunca una papeleta a ningún chofer porque él usaba la diplomacia como arma, la seducción como regla y la caballerosidad como principio.

Cuando los taxistas, que eran pocos en aquella época, querían saber si el tráfico estaba descongestionado en el centro de Lima, la pregunta era, ¿qué tal está el tráfico compañero? “Bien en la Plaza San Martín, porque está Nonone”. Nonone era una garantía, era la tranquilidad, era el policía  más digno que he conocido en mi vida y en mi habitual vagabundeo por las calles de Lima.

{slider LOS AÑOS 40}

Los años 40, si los rememoramos ahora, parecen una fantasía, una exageración. En el mercado de La Aurora por ejemplo, un desayuno de pan con chicharrón y camotes fritos costaba el equivalente de 1 gordo, o sea 2 centavos, un desayuno completo con un gran jarro de leche pura valía 4 centavos, el ómnibus que me llevaba de Chacra Colorada a la ENSABAP costaba 10 centavos y me dejaba en la puerta de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Ildefonso.

En las vitrinas de cafés de los chinos había una variedad de potajes hoy desaparecidos. La leche vinagre por ejemplo que venía de perilla para la resaca, el ranfañote y el arroz zambito ya no existen como postre. En el Mercado Central que quedaba a 2 cuadras del Congreso de la República, cerca de la calle Capón, se encontraban todo tipo de condimentos chinos. El famoso barrio chino estaba lleno de exquisitos chifas, tenían su periódico en chino y su respectivo burdel. Las prostitutas eran todas orientales. Dicen que hasta hace poco había fumaderos de opio. La noticia de un crimen por ejemplo, desde la famosa pelea de Tirifilo y Carita se comentó durante casi 30 años, y el crimen de un japonés y su familia en Chacra Colorada se comentó durante 5 años. El primer asalto a un banco lo hicieron unos niñitos bien, no voy a mencionar los nombres, aprendices de gánster que a las 24 horas fue descubierto y silenciado por la influencia de los familiares.

Los discursos en el Congreso eran comentados porque valía la pena, a parte del fervor de Haya de la Torre como cautivador de las masas, existía un grupo de senadores y diputados que no se quedaban cortos en el manejo de la retórica, el lenguaje y la convicción. Eran memorables los alegatos y ponencias de Townsend Ezcurra, del “Cachorro” Seoane, y quedan como estela en esa época el buen momento que tuvo Javier Valle Riestra como su copartidario Carlos Enrique Melgar. Imaginarse al sargento Nonone dirigiendo el tráfico en la Plaza San Martín era un espectáculo. Si hubo una figura de policía que cautivaba hasta a los infractores de tránsito, era él. Algún día dijo que él nunca puso una papeleta, pero la cátedra de vigilante del tráfico en Lima no ha tenido seguidores.

Son para recordar los memorables artículos de Sebastián Salazar Bondi sobre teatro y sobre artes plásticas, y el inolvidable Luis Miro Quesada Garland, alias cartucho que siempre trató con mucho respeto a los escritores.

Acaso ha habido alguien tan imaginativo que nos hacía reír con sus ocurrencias como Luis Felipe Ángel “Sofocleto” que se dio el lujo de publicar un matutino que se llamaba Sofocleto en 2 columnas y era consumido con avidez por sus lectores, por el buen humor y el estilo que ponía en sus crónicas humorísticas.

Era la época de última hora y sus titulares extravagantes. También la Tongolele de Xiomara Alfaro y las ocurrencias de Guido Monteverde. Demás está decir que la Revista Caretas jugaba un papel importante como lo sigue haciendo en el amplio mosaico de la vida cultural, bohemia e intelectual de nuestra Lima.

Ya he dicho que ir al Centro de Lima era una frase tan corriente y las citas se hacían en el centro. (LIMA DE LOS 50) cómo no íbamos a amar a Lima, si Lima era nuestra. Particularmente yo que he tenido el privilegio de vivir en La Punta, en la calle San Martín del Callao, en Chacra Colorada, en Piedra Liza, en Chorrillos, en Barranco, tengo una gran nostalgia.

{slider ¿TE ACUERDAS HERMANO CUANDO LIMA ERA NUESTRA?}

Una noche lluviosa del año 2002 aproximadamente, se hizo la presentación, en la Casa Taller Delfín de Barranco, de un libro del desaparecido escritor Pepe Adolph. Esta presentación sirvió para reencontrarme con una cantidad de camaradas, pintores, escultores, poetas, escritores o simples diletantes de los años 50. Uno de ellos al saludarme, no nos veíamos hacía más de 20 años, me dijo con toda naturalidad: “¿Te acuerdas Delfín cuando nosotros éramos dueños de Lima?”, sí, efectivamente, le dije, Lima era de nosotros.

La plaza San Martín era nuestro feudo, el “Centro”, es decir, el Jirón de La Unión, La Colmena –izquierda o derecha–, el Parque Universitario y la Plaza San Martín, eran lugares donde uno fácilmente se podía encontrar con los personajes más importantes de la ciudad y del país.

El doctor Honorio Delgado pasaba a las ocho en punto de la mañana hacia su consultorio, y exactamente a las nueve de la mañana don Pedro Beltrán llegaba a pie, desde su casa del Jirón Arica, a las oficinas de La Prensa. Al mediodía, en el café San Martín, era lo más natural encontrar a Sérvulo, a Rosita Alarcón, a Juan Ríos o a Obdulia Guillén. En el café Viena estaban Ricardo Grau, Juan Acha, Napoleón Tello, Hudson Valdivia, Hernando Cortez, Dalmacia o Edgardo Pérez Luna. El Patio, un restaurante que ya no existe, albergaba a los toreros, y en El Palermo –¡oh, El Palermo!, café de artistas e intelectuales– se reunían Hugo Bravo, Esperanza Ruiz, Eleodoro Vargas Vicuña (¡Viva la vida!), Pablo Macera, Washington Delgado, Enrique Congrains, Carlos Eduardo Zavaleta y Manuel Jesús Orbegozo, solo para citar a algunos.

A veces llegaban Martín Adán, el flaco Sebastián Salazar Bondy o el atormentado Apu Inca Cordero y Velarde, auténtico presidente del Perú.

En El Palermo uno se ponía al día sobre la vanguardia literaria universal, sobre la nueva ola del cine francés y el trabajo de los grandes maestros del cine italiano. También hablábamos de los americanos Faulkner, Steinbeck, Dos Passos, Fitzgerald, Henry Miller. Mi maestro todavía no era mencionado.

En la ANEA, al atardecer, se congregaban Estuardo Núñez, Ismael Pozo, Teodoro Núñez Ureta, Esteban Pavletich, José María Arguedas, Manuel Beltroy, Esquerriloff, Raúl Valencia, las hermanas Celia y Alicia Bustamante, los maestros Ángel Chávez, Carlos Aitor Castillo, Alberto Dávila, Federico Reynoso, Catita Recavarren. A veces aparecían Martín Adán o Ciro Alegría, o pasaban raudos Humareda o Fernando Quizpez Asín, en compañía de Manuel Scorza.

Al anochecer, cuando abrían sus puertas el Negro-Negro y el burdel El Pingüino, aparecía a las doce en punto, como un reloj, la figura de un personaje de cabello liso negro, negrísimo como su capa, y de rostro blanco como el de un cadáver: era el Coco Sattui atravesando la Plaza San Martín. El día había terminado y la noche comenzaba en la vieja “Lima la horrible”.

Repito, el último en aparecer era el Coco Sattui, famoso homosexual de esa época. Famoso por su aspecto y por su cultura, buen conversador, experto en joyas y diamantes, de finísimas manos con las cuales interpretaba a Chopin y a Schubert cuando le daba la gana, que adivinaba las cartas, que hacía sesiones de espiritismo en su casa para un personal selecto, pero sobre todo porque la vida misteriosa o poco fuera de lo común que llevaba, dormía todo el día y vivía a partir de las doce de la noche. Fresco como una lechuga, a partir de esa hora, frecuentaba los bares donde estaban los actores, pintores, intelectuales. De indefinida edad, nunca se supo si tenía treinta o treinta y cinco años. De rostro impecable, sin arrugas, había que acercarse mucho para darse cuenta que no representaba la edad que realmente tenía. Al margen del Coco Satui existían varias capillas en el Centro de la ciudad, o sea en la Plaza San Martín y sus alrededores.

Un periodista de la última hornada escribió un artículo hace poco donde decía que había estudiado letras en la universidad Católica por los años en que ésta funcionaba en la Plaza Francia, y que soñaba con terminar su carrera para dedicarse al periodismo y alternar con los bohemios periodistas y poetas de Lima. Pero cuando salió por los años 80 a buscar esos lugares de los que tanto le habían hablado sus padres, sus mayores, se encontró con que ya no existía ninguna peña ni ningún huarique donde se reunieran los bohemios. La verdad es que yo disfruté tremendamente de esos lugares, de esas peñas, de esas conversaciones inteligentes sobre política, sobre cultura, sobre libros, a través de personajes ilustres como Ricardo Grau, Martín Adán, Estuardo Núñez, Rosa Alarco, Juan Ríos, Enrique Solari, y periodistas como Federico y Ernesto Moore, polemistas como Alfonso Tealdo, animadores de tv. Elegantes ilustrados como Pablo de Madalengoitia, y seductores y creativos como Kiko Ledgard. La verdad es que yo no salía a buscar en mis vagabundeos por las noches limeñas ni las jaranas ni las fiestas, y a pesar de la fama de borracho que me han atribuido, tampoco salía en busca de unos tragos, salía en búsqueda de una conversación inteligente, la novedad de un nuevo libro, detrás del informe de una exposición que valiera visitar, de alguna muestra en Europa o EE.UU que alguien hubiera tenido la suerte de mirar. La verdad es que me aburría de conversaciones intrascendentes y por eso pasaba de un bar a otro. Mi periplo empezaba en la Plaza 2 de Mayo, atravesaba el Café San Martín y terminaba en el Cordano. Donde más me demoraba era en El Palermo, porque la conversación era gratuita. Escuchar a los fanáticos de cine como el Mono Bravo que escribía una columna en El Comercio, y sus sendas explicaciones y su cátedra sobre la nueva ola francesa, el cine italiano, y saberse de memoria los nombres de casi todos los directores de cine, era toda una academia de conocimiento, y las recomendaciones para ver buen cine. Así Kurosawa, Godard, Fellini, DeSica, Eisenstein, Buñuel, eran hombres familiares y absorbía los conocimientos de los entusiasmados con William Faulkner, con Hemingway y con la aparición de la novela moderna y el gran descubrimiento que fue Ulises de Joyce. Mientras Oswaldo Jimeno deliraba por Gaudí y hacía sesiones nocturnas en su casa para hablarnos del Parque Guell, la Sagrada Familia y el Genio Constructor de la Pedrera y otras yerbas.

Le Corbusier, Marcel Duchamp, Frank Lloyd Wright, Oscar Niemeyer y la escuela vanguardista Bauhaus, que para feliz coincidencia tuvimos el privilegio de tener entre nosotros hasta su muerte al artista Lajos Devenet, autor del Monumento al Parque Salazar en Miraflores y de varias fuentes decorativas en el mismo distrito. También nos entusiasmaba la vanguardia teatral del momento, el nombre de Antonin Artaud, los nombres de la María Casares, la musa de Albert Camus, la obra de Jean Cocteau, las locuras de Jean Genet, todo ese mundo en su conjunto enriquecía el  ánimo de los artistas sin recursos, sin dinero a veces para subsistir, y soñando con Paris, con Londres, con New York.

Todo eso ya fue, como dicen los muchachos ahora, pero creo que es lo único que nos queda de ese pasado y que todavía vibra y alimenta nuestra energía y lo que nos da coraje y fuerza para resistir. Eso han hecho los golpes de estado, que resistamos los disparates políticos que se han hecho en nuestra patria, la devaluación sucesiva de nuestra moneda, la arremetida de Sendero Luminoso y la podredumbre de la corrupción de Fujimori y sus compinches.

Esa resistencia tal vez será la que ha mantenido vivos a Armando Robles Godoy, a Leopoldo Chiappo y a Santiago Augusto Calvo, y tal vez esa energía y vitalidad hace que Estuardo Núñez esté vivo, y otros con menos años como Carlos Bernasconi, y el suscrito, tengan energías para soportar la injusticia social, la calma chicha de algunos intelectuales contemporáneos, la tibieza de algunos artistas para no revelarse y soportar la voracidad y la vulgaridad de los medios de comunicación actual y la corrupción que ha existido antes del inmoral Fujimori, puesta al sol por gente como Montesinos, Hermosa Ríos y la mafia Fujimorista que insiste en persistir.

ERAN LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Eran los últimos días de Noviembre. Los patios de la Escuela de Bellas Artes estaban inundados de sol por la proximidad del verano. Y la preocupación de los estudiantes dedicados a la creación se reflejaba en sus rostros. Uno de esos estudiantes  era yo que tenía dudas si me darían la beca de sostenimiento del  próximo año.

La mayoría de los estudiantes de Bellas Artes, al llegar las vacaciones de fin de año, viajaban a su provincia a reunirse con sus familiares, a excepción de unos cuantos entre los que me contaba yo porque no tenía ni los medios ni la necesidad de viajar a reunirme con mi familia. Es más, yo ya tenía una pequeña familia: una compañera y un niño de cuatro meses de nacido, y mi preocupación era triple aquel año: tener la seguridad de una beca para poder seguir estudiando, buscarme un lugar donde vivir y abandonar el pequeño cuartucho donde vivía por Chacra Colorada y tercero conseguirme un trabajo en el verano de lo que fuera para poder afrontar la situación económica.

Era el 4to año de estudios y durante los 4 años consecutivos había sacado las notas más altas de mi promoción. La recompensa era una beca de sostenimiento, una suma muy limitada de dinero, la posibilidad de ganar un premio que generalmente era en efectivo y aumentar el prestigio como artista para postular remotamente a una de las pocas becas que habían para salir del país.

Tanto mis compañeros de clase como la opinión generalizada creían que yo era un estudiante bastante aprovechado y que gozaba de la simpatía de profesores y en particular de mi maestro Alejandro González, hasta me había ganado el subtítulo de ser “su mejor alumno”. Para colmo de mi vanidad, el profesor le dio la oportunidad por primera vez a un alumno, de mostrar la obra de mi promoción en una sala bajo mi criterio, eso que ahora la huachafería universal llama “curador”, que en cierto modo era un aprendizaje y una responsabilidad exhibir obras con el mejor concepto. Los nombres de los futuros becados se coreaban en las aulas de la escuela. El favorito de mi año era yo, pero cabía la posibilidad de que hubiera un cambio de dirección porque como siempre en nuestro país existen el favoritismo, el argollismo y el acomodo. La Escuela Nacional de Bellas Artes no estaba exenta de esas malas maniobras.

Había terminado el montaje consabido, el catálogo de la muestra ya se estaba imprimiendo para ser repartido el próximo lunes, y la opinión generalizada era que una vez más yo iba a obtener el primer premio y la medalla de honor de mi promoción. El día viernes fui a echarle un vistazo y a ver si tenía que corregir alguna falla del montaje, y me enteré apenas ingresando al patio de la escuela, que un alumno favorito del Director de la Escuela, había sido el ganador de mi promoción.

Prejuicios a parte, el premiado era bastante mediocre según la opinión de los entendidos. En fin, para mí fue un golpe a mi ego, a mi vanidad, a lo que quieran llamarle, y actué como siempre, de forma impulsiva. Conseguí las llaves de la sala donde estaban las obras y entré al salón con el propósito de descolgar mis cuadros y llevármelos a otro lugar y no volver más a la escuela de mis amores.

La Escuela siempre albergaba a artistas que venían de otros países y recuerdo que había llegado un joven argentino procedente de Córdova, y que con la facilidad que he tenido siempre para hacer amigos, se convirtió en uno de los tantos conocidos que alternaban conmigo. Me encontré con él en la puerta de la sala y lo invité a pasar y le conté lo que había decidido hacer, el argentino me dijo que era un locura y que me podía traer consecuencias desagradables para mi futuro, que  probablemente no me permitirían más el ingreso a la institución, que esto no iba a ser bien visto por nadie, en particular por las autoridades de la escuela.  Llevado por mi temperamento le dije que me importaba un pepino la reacción de las autoridades y que ya había tomado la decisión de dejar la escuela. Me ayudó a desmontar mis obras de la muestra, dejé sólo colgadas las obras de mis otros colegas, y recuerdo que él me había manifestado días antes que tenía mucho aprecio por un pequeño cuadro mío que representaba una marina pintada en el Callao, y como me había colaborado para hacer más rápido el desmontaje de las obras y salir lo más pronto posible de la institución, le obsequié el pequeño cuadro. Él quedó muy impresionado con mi generosidad. Busqué al guardián de la escuela, al señor Castilla, y le entregué las llaves explicándole que sólo retiraba mis pertenencias y que no pensaba dar mayores explicaciones. El portero de la escuela era un hombre muy amable y educado y me tenía mucho aprecio. El me había visto trabajar durante todos esos años y decía que le gustaba mi disciplina, mi amor a la creación y sobre todo que hasta los domingos yo asistiera con su anuencia a ocupar los salones de la escuela para pintar. Esa era una de las razones por las cuales el portero me tenía aprecio y además porque nunca produje ningún desorden ni estropicio en las salas donde trabajaba. Trató de hacerme desistir de mi decisión pero yo tercamente le dije que el asunto ya estaba decidido.

Abandoné la escuela, dejé mis trabajos en un lugar seguro y me dediqué a vagar por las calles del centro de Lima hasta que llegó la noche. Yo sabía dónde me iban a buscar si alguien tenía interés en hablar conmigo, pero estaba seguro que mis entrañables amigos Edmundo Pantoja y Alberto Guzmán me iban a buscar porque éramos inseparables.

La misma noche del viernes que decidí tomar esta decisión los convencí de que quedarse en Lima era una estupidez, que debíamos buscar un lugar más aireado, libre de tanto chanchullo y que teníamos que hacer una vida más natural y que el ejemplo más hermoso que yo había elegido era la actitud de Paul Gauguin que se había retirado a las islas harto del mundanal ruido y dispuesto a compartir con la naturaleza. La ciudad era una podredumbre, los profesores unos pusilánimes, los directivos de la escuela unos trapisondistas y debíamos de huir de esa plaga. No sé con qué vehemencia plantee mi tesis, el asunto es que los convencí y al día siguiente estábamos encaramados en un camión rumbo a Tingo María, Alberto Guzmán, Edmundo Pantoja, Manuel Zapata que se unió a la excursión poniendo condiciones de que iba solo como observador y que si le gustaba la aventura se quedaba, sino se regresaba lo más pronto posible. Había aparecido también unos meses atrás un estudiante de escultura de procedencia alemana, sino recuerdo se llamaba Christian Von Hersel, quien me escuchaba emocionado cuando le hablaba de la posibilidad de vivir en la selva peruana y sin más trámite se anotó en las filas de la expedición aportando con unos cuantos dinerillos. El resto lo conseguimos vendiendo todos los cachivaches que pudimos en 24 horas, hicimos una chanchita y partimos hacia la conquista de la selva.

Aidé de 18 años y mi hijo David de 4 meses, por gentileza del camionero pudieron ir en la parte delantera, y nosotros íbamos como carga en la cubierta del camión, jubilosamente provistos de una botella de pisco, cantando canciones e improvisando letras alusivas a nuestra despedida y nuevo rumbo, y partimos felices el 1er día de diciembre de no sé qué año.

{slider CAMINABA COMO SIEMPRE POR LAS CALLES DE LIMA}

Caminaba como siempre por las calles de Lima en busca de alguien que me diera un cachuelo para sobrevivir, y de pronto me acordé de mi amigo Aldo, el mecánico, lo fui a buscar hasta el bar donde él solía reunirse con sus amigotes y afortunadamente lo encontré sobrio. Era un día sábado por la tarde y Aldo todavía no había empezado la parranda, entonces le conté que estaba urgido de dinero y Aldo me dijo: “Ahora que me acuerdo, tengo un cliente al que se le ha malogrado una máquina, pero vive en La Victoria, si quieres vamos hasta allá caminando”. Hacía frío y lloviznaba, atravesamos todas las cuadras de la Av. Nicolás de Piérola hasta llegar a la Plaza San Martín y luego desfilamos rumbo a La Victoria. Una vez que llegamos a la Av. Grau me dijo “es a unas 10 cuadras de acá, yo creo que sí llegamos”.

A mí no me interesaba la distancia ni el lugar. Lo único que quería era ganarme unos dineros, resolver mis urgencias cotidianas. Una vez en la Av. Grau, me informó Aldo que el cliente era una persona muy inteligente y generosa “estoy seguro que ahí vamos a conseguir un poco de dinero”.

Atravesamos por una calle oscura, bastante sucia hasta llegar al lugar. Tocamos la puerta y salió una dama muy simpática que nos hizo pasar. Aldo le preguntó: “donde está el gringo”, ella le contestó “está en el garaje peleándose con su máquina”. Nos condujo hasta el garaje y nos dejó, pero yo no veía a nadie en el ambiente, de pronto Aldo con su voz de barítono gritó “Richard, dónde diablos te has metido!”, y el tal Richard contestó desde las profundidades de una antigua máquina de imprimir, estaba tan sumergido en las profundidades de este armatoste, que solamente aparecían sus zapatos por el agujero donde se había introducido.

“Richard, traigo un ayudante para arreglar tu máquina, pero sal de ahí para ver dónde está el problema y para presentarte a mi amigo”. Entonces Richard dijo “No puedo salir porque creo que ya estoy encontrando la falla de esta máquina de mierda”. Entonces Aldo le dijo “Pero saluda pues”, “Si hace rato que los estoy saludando” y movía el pie derecho con la intención de llamar la atención.  Entonces Aldo me dijo “dale la mano al zapato, es su manera de saludar”. Después de un rato, el sumergido se incorporó y apareció un tipo colorado de ascendencia probablemente italiana, con pelo rojizo. Se presentó formalmente. Yo estaba con mi única tenida (un pantalón gris y una camisa blanca que la lavaba y la planchaba todas las semanas para estar presentable), entonces Richard me mira y me dice “pero con esa ropa te vas a hacer un asco. Espérate”, y se fue hacia el fondo de su taller que era el garaje y sacó una camisa gris a rayas negras, llena de grasa y aceite de máquinas y me dijo “póntela encima, es tu camisa de trabajo”, entonces Aldo le dijo “oye, trátalo con respeto a este joven, es un gran artista. Hace unos meses se ganó el galardón más alto que se da en las artes: El Premio Fomento a la Cultura de Ignacio Merino”, entonces Richard dijo ¿eso viene con plata?”, y Aldo contestó “si, pero el asunto es que hasta ahora no le entregan el premio. Son 10 mil soles.”, Richard dijo “¿10 mil soles y hace meses que no te los pagan?, pero no te preocupes, yo siempre recibo en mi taller a gente distinguida, premiada, laureada y sacramentada, a quienes nunca les reconocen su talento y es probable que pasen los años y cuando ya esté anciano nuestro amigo, le entreguen el famoso premio.

EL GENTIL HOMBRE DE JIRÓN CAMANA

Una vez instalado en Tingo María y habiéndome quedado solo sin mi compañera y mis amigos, que por diferentes razones retornaron a la capital, decidí continuar con la locura de quedarme a pintar en la selva, pero necesitaba de un lugar donde instalarme. Mi estadía coincidió con la creación en el Ministerio de Agricultura de un fondo de apoyo a los colonos de la Selva, que les facilitaba crédito a los agricultores de esa región.

No se les ocurrió mejor idea a los burócratas del Ministerio que darle la administración de estos fondos a los hacendados residentes en dichas tierras, y por supuesto eligieron a los menos indicados. El concesionario de las parcelas que me tocó a mí, fue un chino con todas las mañas de un gánster, propietario de una  compañía de avionetas, de un cine en Lima y no sé qué otras propiedades, que todo lo conseguía con astucia y con roñosería. Este chino era el propietario de la Hacienda Las Delicias, a la altura del km. 80 de la carretera hacia Pucallpa, ahí llegué yo como mansa paloma a hacer mis “pinitos” de colono.

Me dio el crédito inmediatamente porque al parecer nadie quería trabajar con él y de esa manera por arte de magia me convertí en el colono de una extensión de cerca de 20 hectáreas de terreno para sembrar café. El dinero que nunca lo vi en efectivo lo suministraba el chino Ton, que para completar el gran negocio que hacía tenía una tienda de abarrotes donde existía todo lo que podías encontrar en Tingo María a 80kms pero con el precio multiplicado 10 veces.

Mis aprendizajes siempre me han costado caros, pero por suerte, si bien es verdad que he salido chamuscado, no he terminado quemado del todo. A los pocos días me enteré que me estaban explotando pero no le di mayor importancia porque en realidad no tenía mucho que elegir. Dicho sea de paso yo no tenía interés en ser un negociante ni un explotador de tierras ni de nada, lo único que quería era un espacio para pintar y vivir lo más lejos posible de la civilización, que en esos momentos se me antojaba,  lo más desagradable. Con la asesoría de un montañés genuino,  llamado Leandro, aprendí a construir una casa típica de la selva sin usar un solo clavo y con la única herramienta que era un machete. La naturaleza, tan pródiga, nos dio todo el material para construirla.

Estaba ubicada sobre un promontorio próximo a un río, que me permitía bañarme y proveerme de agua para preparar mis alimentos. Aprendí a sembrar café, piña, maíz y yuca, y a los pocos meses tenía una impresionante variedad de vegetales comestibles. Con el poco material, las horas libres que me quedaban, donde yo era el único dueño de esos dominios, empecé a pintar. Era un Robinsón Crusoe que no necesitaba de ningún Viernes ni un Sábado ni un Domingo para disfrutar del esplendor de la selva.

Iba a la ciudad de Tingo María una vez al mes para proveerme sobre todo de calor humano y de algunos ingredientes que no se conseguían en el monte, y naturalmente me encontraba con Guido y otro grupo de amigos. Tenía una buena dotación de libros que habían llegado de Lima que me permitía manejar la soledad (el colono más próximo que tenía estaba por lo menos a unos 10kms de distancia). Es probable que en mis conversaciones con los parroquianos del bar Las Palmeras, algún día dijera que estaba pintando. Es así como  me tropiezo con tres jóvenes periodistas recién egresados de la Escuela Bausate y Mesa que querían hacer un reportaje sobre Tingo María y su gente. Alguien les había comentado que un pintor vivía internado en Huallaga y me buscaron intrigados. Querían saber qué hacía un artista en esas latitudes. Así conocí a Pepe Adolph, Víctor Orsero y a Pepe Velásquez, quienes me entrevistaron en una larga charla para la revista Caretas, que para sorpresa mía apareció a toda página con el sugestivo título de “La extraña historia del pintor de la selva”. Ese fue el primer contacto que tuve en mi vida con la mencionada revista, y fue a mi vuelta a Lima, después de mucho tiempo, que conocí a Enrique Zileri Gibson.

Enrique acababa de volver de Buenos Aires, y se había instalado en Lima para colaborar con su madre Doris Gibson, la fundadora de dicha revista. Era un joven bien plantado que usaba lentes y que lo hacían adquirir una imagen bastante parecida a Clark Kent, el personaje de la tira cómica que hacía el papel de “Superman”. Entonces en los corrillos de los artistas y periodistas se hablaba de un tal Clark Kent. Cuando nos conocimos, muchos meses después, hicimos migas al instante y fue en la primera muestra de Retablos donde Enrique demostró un gran interés por mi trabajo.

La confianza de Enrique en mi obra era indiscutible y me apoyó una época en que poca gente conocía siquiera mi existencia. Empecé a aparecer en su revista cada vez que mis obras eran exhibidas, ya sea en exposiciones colectivas o muestras individuales.

Para mí, que me apoyara alguien en Lima: una ciudad en donde se necesita caerle bien a los directores de los diarios y revistas, ser simpático con los periodistas encargados de las páginas culturales y vivir con el temor de que el crítico de turno te saque el ancho como se dice en nuestra patria, es toda una tarea que no tiene nada que ver con la creación sino más bien con la adulación, con la sobonería, que  es un papel que yo nunca he estado dispuesto a desempeñar, porque jamás he perdido el tiempo en replicar y aclarar a cualquier crítico porque no es mi temperamento. Entonces, tener a alguien que estimule tu producción es tranquilizador, por eso no he dejado jamás de agradecérselo a la revista Caretas, a Doris Gibson y en particular a Enrique Zilery.

EL QUIJOTE DE HUALLAGA

(Las motivaciones por las cuales se me ocurrió ir a la Selva peruana tienen un origen bastante caprichoso y temperamental como he actuado en toda mi vida)

Llegar a Tingo María significaba en esos tiempos pasar por Huánuco e ir lentamente absorbiendo la atmósfera tropical de la Selva. La vegetación se hacía cada vez más espesa y la variedad de los tonos de las hojas de los arboles eran infinitas. De vez en cuando un riachuelo refrescaba el ambiente que, por lo general, es caluroso, pegajoso y húmedo.

Lo que más me impresionó fue la aparición de unas enormes mariposas azules del tamaño de las dos palmas de mi mano juntas, luego el camión de carga en que íbamos fue bajando lentamente por un camino absolutamente fangoso donde al parecer el asfalto había desaparecido por las continuas lluvias y los huaycos. Si alguna vez hubo una carretera no quedaba más que el trazo. De pronto nos vimos ingresando por un puente con el río turbio en el fondo e ingresando a la ciudad de Tingo María.

Tingo María era, por los años 50, una sola calle, más o menos civilizada y tenía un trecho asfaltado. Atravesando el puente se divisaba la silueta de una pequeña montaña cubierta de verdor con la forma de una mujer, a la que los lugareños llamaban La Bella Durmiente. El panorama es esplendoroso al medio día y el sol ilumina todas las casuchas y algunas construcciones de ladrillo y cemento que están en la única calle que está conformada por una oficina de correos, una farmacia, la sede de una compañía de avionetas y de aviones que llegaban una vez a la semana a este lugar. Avionetas que no daban cabida más que a 8 ó 10 pasajeros. Luego venía la oficina de un banco, luego un bar y luego continuaba una sucesión de casitas que se iban perdiendo, cuya extensión no era mayor de unas 12 cuadras.

Por el frente se repetían los bares, restaurantes de muy baja calidad. En el centro existía un billar y hacia el fondo estaba el barrio alegre de Tingo María, o sea, los burdeles con sus respectivas putas. El ambiente era más de relajo que de trabajo, los parroquianos en su mayoría procedentes de Huánuco y de la sierra, y unos cuantos de Lima, eran gente dedicada a los negocios. Había un billar y junto al billar un bar. Desde las diez de la mañana se escuchaba el taco de los billaristas compitiendo con el sonido de los vasos de cervezas, y los bares ya estaban saturados de parroquianos que empezaban a emborracharse. Fue en el bar más concurrido llamado Las Palmeras donde tuve el privilegio de conocer a Guido Arboccó.

Guido pertenecía a una familia de comerciantes limeños, gente con dinero y con mucho prestigio, y nuestro personaje era todo lo contrario a un comerciante, era la oveja negra de la familia. Casado, con hijos, vivía separado virtualmente de su familia, su vida la hacía prácticamente en los bares, en el billar y en los prostíbulos. Tenía un ojo clínico para tasar a los borrachos y a los parroquianos: “nosotros los descendientes de los genoveses tenemos muy buen ojo”, decía, y empezaba a ilustrarme sobre todos los aventureros de origen genovés, entre ellos Cristóbal Colón y otros ilustres  viajeros. Apenas nos miramos, él me invitó a compartir su mesa con un trago de cerveza, desde ese momento nos convertimos en una pareja inseparable. Guido era un hombre ilustrado, recitaba poemas de Verlaine, de Vallejo y de memoria. Le gustaban los platos fuertes, la pelea, donde había jaleo ahí estaba Guido.

De contextura delgada, en mangas de camisa pulcramente planchadas y con pantalones elegantes, Guido era capaz de pelearse con un camionero, no conocía el miedo, casi todos sus actos eran suicidas.

No sé por qué he pensado que los bohemios o borrachos inteligentes tienen en la frente un signo de profunda tristeza y de melancolía, lo he visto en varios bohemios célebres: Sérvulo, por ejemplo, tenía ese signo en la frente, también lo vi en el rostro de Hudson Valdivia, el gran actor peruano; así mismo en la frente amplia de Fernando Quizpez Asín, gran amigo de Scorza, sobrino de César Moro, el poeta, y don Carlos Quizpez Asín, el muralista peruano. Pareciera que una tragedia interior los motivara a salirse de todo lo convencional y lo prosaico, pareciera que buscaran el peligro para huir de sus angustias interiores. Guido era un hombre trágico por dentro pero con una sonrisa permanente en los labios y con un rictus de algarabía en su semblante. Esta mezcla de drama y de alegría es lo que los hace interesantes.

Guido no estaba quieto. Con los dados en la mano y un cubilete se apoderaba de una mesa y empezaba a desafiar a cuantos quisieran jugar una partida con él. Si no tenía dinero el contrincante no importaba, él sacaba de su bolsillo unas cuantas monedas para entretenerlo y entretenerse. El placer estaba en jugar y no en ganar. Tenía una predisposición para servir a los demás. Me contaron que cuando él llegó a Tingo María instaló una ferretería, la cual estaba muy bien surtida de llantas para los camiones, de repuestos para los automóviles y cuando algún camión o auto se malograba en la ciudad, él inmediatamente los proveía. Dicen que cuando alguien le caía bien le regalaba los neumáticos y hasta le daba dinero para que comprara la gasolina y siguiera su camino.

Yo pienso que era verdad todo lo que contaban de él porque era un hombre a quien no le interesaba el dinero y por supuesto se fue a la quiebra. No sé cómo se las arreglaba para vivir en esa fábrica de clorofila como él le llamaba a la selva peruana. Las anécdotas sobre sus hazañas eran archiconocidas en Tingo María, pero como yo no las viví sólo puedo remitirme a las que compartí con él. Por él aprendí que en Tingo María no hay que tenerle miedo a los animales de la selva sino a los seres humanos. Un gran porcentaje de habitantes eran delincuentes, estafadores, proxenetas y un puñado de perseguidos políticos, la mayoría apristas. Habían también verdaderos asesinos, se suponía que todos los que llegábamos a Tingo María éramos delincuentes, de modo que cuando conversé con el resto de los parroquianos y al segundo día me vieron aparecer en el bar de las palmeras, uno de ellos se acercó y me preguntó a boca de jarro “oye muchacho, cuál es tu caquita”. Yo no supe que responderle porque no sabía de qué diablos se trataba. Guido me aclaró posteriormente que la pregunta era “a quien le has robado, qué delito has cometido o a quien has matado”. De pronto apareció en la vereda de enfrente, un personaje y Guido me dijo, “mira, ese que va ahí tiene un par de muertos en la espalda”. De modo que Tingo María era un lugar lleno de amenazas, sin embargo confieso que durante los dos años que tuve el privilegio de vivir entre Tingo María y el Boquerón del Padre Abad, nunca fui agredido por nadie, y como siempre me salvó la aureola que tenía de ser un artista.

El segundo encuentro con Guido fue cuando yo ya estaba trabajando en la Selva haciendo de colono, en el kilómetro 80 de la carretera a Pucallpa, pasé por el bar donde nos habíamos conocido y de pronto me vio llegar, y con esa libertad que él tenía exclamó “Delfín, por fin volviste, hoy día lo declaramos feriado” y era su costumbre declarar feriado cada vez que se encontraba conmigo ya sea  lunes, martes, miércoles o jueves. Ese feriado consistía en un tour por todos los bares de Tingo María, los billares y terminaba generalmente en los prostíbulos. Valgan verdades, no habían otros lugares a donde ir. Y donde yo terminaba invariablemente enamorando a una de las meretrices y confieso que la pasaba muy bien. Durante algunos meses viví prácticamente protegido por una prostituta tingalesa, amable, tierna y generosa, pero esa convivencia era demasiado peligrosa porque la mayoría de ellas tenían sus proxenetas que las explotaban y yo no era parte del negocio, era un estorbo, y ella varias veces, cuchillo en mano, me defendió de la agresión del proxeneta que se sentía su propietario.

Entre tanto, Guido armaba el jolgorio por su cuenta. Había un parroquiano de origen colombiano muy pedante, que estaba asediando a una chica del lugar, y Guido estaba harto de la petulancia, de los modales de este personaje, y el tipo actuaba con aires matonescos para impresionar al resto de los parroquianos. La juerga proseguía y eran como la una de la mañana y Guido se hartó de la actitud del personaje que no cesaba de bailar y no dejaba a la chica tranquila;  entonces Guido improvisadamente sacó de su bolsillo una pistola y le dijo al colombiano “veo que eres un gran bailarín, pero si estás en un lugar como este quisiera verte bailar desnudo”, el otro se negó rotundamente. Guido sacó la pistola amenazante y le dijo: “sácate los pantalones y baila” y lo apuntó con la pistola. El tipo tan amatonado y suficiente se sintió tan débil que obedeció el capricho de Guido y se empezó a bajar los pantalones muerto de miedo, Guido le dijo “ya veo que eres un cobarde, amárrate los pantalones”, y le tiró la pistola diciendo: “es una pistola de fogueo, no sirve para nada”. Esos tours terminaban siempre con alguna locura practicada por Guido. La  que más me conmovía era cuando salíamos de los bares: cómo se preocupaba por la gente que estaba embriagada o la gente pobre que no tenía donde guarecerse, él inmediatamente trataba de protegerlos llevándolos a un lugar cubierto, y como a los borrachos no podía cargarlos,  me pedía que lo ayudara a trasladarlos para protegerlos de la lluvia, luego decía “hay que sacarles los zapatos” y se los sacaba y se los amarraba en la cintura para que no se los robaran, luego añadía: “cuando van a aprender a respetar a los borrachos”.

Guido me enseñó una de las frases inolvidables que hasta cierto punto me ha servido de patrón y de guía. Debo confesar que soy un personaje literario, que cuando leo una frase me impresiono tanto que la trato de vivir como una sentencia, la tomo como un estilo de ver la vida. Una frase memorable que la repito cada vez y no me canso de repetirla es un verso de André Gide: “Nataniel, mi querido Nataniel, yo te voy a enseñar la exaltación, una vida palpitante y desordenada mi querido Nataniel antes que la tranquilidad”. Guido, fiel a lo que decía, vivió una vida palpitante y también exaltada.

MI PERSONAJE INOLVIDABLE

La familia estaba compuesta por mi madre, mi padre, mis hermanos Manuel, Elvira, Ruperto, Ernesto, Ricardo, Santiago y yo que era el benjamín de esta prole.

Cuando desperté a la realidad me vi rodeado de un grupo de simpáticos rostros que me miraban con afecto, y era una especie de novedad en mi hogar. Mi hermano Manuel estaba en el ejército, Elvira, mi única hermana, se hizo cargo de mí, inmediatamente nací, porque mi madre a pesar de no ser anciana era una persona menuda, de baja estatura,  muy delgada pero con una estructura muy fuerte, sin embargo, después del alumbramiento de su último hijo, que era yo, no se pudo reponer y a partir de ahí se convirtió en una persona muy achacosa.

Para empezar, el médico le había prohibido darme de lactar, y me amamantaron con un biberón con leche de cabra hasta que pude empezar  a consumir una leche importada que venía en potes bastante voluminosos y cerrados herméticamente que contenían un polvo amarillento y dulzón de un fuerte sabor a leche pura que yo consumía ávidamente. Hasta ahora recuerdo cómo el paladar se me pegaba de ese polvillo que yo saboreaba como un manjar.

Pero el mejor manjar fue conocer a mi hermano Ruperto, que  seguía en orden de tamaño y edad a mis hermanos mayores. Ruperto tenía la edad de 16 años cuando yo me percaté que era sordomudo y percibí que mis hermanos Ricardo y Santiago que le seguían en el orden descrito, lo tomaban como una especie de ser extraño con el cual no congeniaban, y era porque no tenían las facilidades ni el entrenamiento para tratarlo por su minusvalía de sordomudo, sin embargo su relación con mi hermana Elvira era tan fluida que se entendían a través de señas y signos, esos códigos me entusiasmaban a mí y estaba atento a sus movimientos y cuando empecé a hablar ya era un conocedor del lenguaje entre Elvira y el sordomudo. Se pasaban horas contándose historias o discutiendo pero todo esto a través de señas y gestos. Elvira tenía la virtud de la tolerancia y el don de la fraternidad.

PANTI

P: ¿Dónde estuviste anoche?

I: Conocí a una chica muy bella.

P: ¡Qué asco!

I: Pero era muy inteligente.

P: Eso es un milagro.

I: ¿Por qué llegas tarde?

P: Tú sabes que soy puntual pero en la puerta de la escuela me he encontrado con un feíto. Hablador, embustero, y malcriado. Le dije que tenía prisa por llegar a la escuela y me repetía “pero tienes que escucharme”. Transpiraba mal aliento, se le veía sucio y descuidado: es decir, apto para ser congresista de la República.

NEW YORK NEW YORK

A pesar de tener muchas amistades, clientes y colegas residentes en New York, no tenía la menor intención de viajar a esa ciudad.

Solía pasar por el aeropuerto de Newark o el Kennedy de vez en cuando al retornar de Paris, ciudad que visitaba con frecuencia porque tenía tres hijos estudiando en Europa: dos en Francia y una en Bélgica.

Mi centro de operaciones en Estados Unidos era Miami, donde  tenía relaciones amicales muy fuertes con personas que apreciaban mi trabajo y me pedían obras de mi creación.

Un buen día llegó a mi Casa Taller en Barranco el periodista de la Revista Geo Mundo, Frank Calderón. Frank, había apreciado unas obras mías que se encontraban en la galería del restaurante Tambo de Oro, que se había creado bajo los auspicios de Braniff International, una línea aérea con destino a los EE.UU y a América del Sur.

Frank me dijo que quería hacerme un reportaje para la revista internacional Geo Mundo. Dicho reportaje apareció tres meses después con un voluminoso contenido de doce páginas profusamente ilustradas con fotografías de mis obras. Fue una promoción extraordinaria.

Por otro lado, mi gran amigo y director de un museo de Miami, el venerable Bernard Davis, había hecho contacto con la Galería Bacardi situada en el Boulevard Biscayne de Miami, donde exhibí una serie de 20 obras monumentales: leones, caballos, aves, peces, que fue muy concurrida. Esto sucedió unos seis meses después de la publicación de la revista Geo Mundo. Frank residía en dicha ciudad, teníamos una comunicación muy fluida, hicimos amistad y él, revista en mano de una edición donde aparecía la gran promoción del Greenwich Village o el SoHo de New York City, donde según él estaban abriendo numerosas galerías que tenían especial interés en arte latinoamericano, intentó convencerme que debería ir a darme una vuelta a visitar la gran manzana. Me animé con el pretexto de ver el Museo Metropolitano y el Museo de Arte Moderno de New York.

Lo que sucedió cuarenta y ocho horas después fue realmente un récord: tomé el vuelo acompañado por Cecilia la madre de mi hija Sofía, salimos de Miami por la mañana y llegamos al medio día al aeropuerto de La Guardia, no sin antes haberme impresionado desde el cielo por la majestuosidad de los rascacielos y los  numerosos puentes de la ciudad.

La Guardia es un aeropuerto que está muy cercano a New York. En muy poco tiempo estuvimos en la ciudad, donde nos alojamos en un hotel que desgraciadamente no recuerdo su nombre. Eran las dos de la tarde, no probamos bocado en el avión porque la idea era visitar los apetitosos restaurantes del barrio bohemio de la ciudad tal como los describían en la revista.

Era la primera vez que ponía los pies en esta impresionante ciudad. Dejamos nuestro equipaje en el hotel y tomamos un taxi revista en mano y le pedimos al chofer que nos llevara al barrio del SoHo donde según decía la publicación existían muy buenos restaurantes y habían varias galerías y la idea era echarles un vistazo. Eran las cuatro de la tarde cuando almorzábamos en el restaurante El Rocco, un restaurante italiano, con un mozo que hablaba perfectamente español. El restaurante estaba casi vacío puesto que la hora de almuerzo de los neoyorkinos había   terminado. Luego de disfrutar del almuerzo le pedimos al amable mozo nos indicara la ruta hacia las galerías, él nos acompañó hasta la puerta y nos dijo que a dos cuadras volteando la esquina estaba Best Broadway y que ese era el lugar apropiado. Caminamos y con gran sorpresa en la primera cuadra vimos que estaban inaugurando una muestra de pintura con una nutrida concurrencia.

Por experiencia sé que para observar las obras es mejor esperar que haya menos público. Caminamos veinte pasos en la misma vereda y vimos a través de unos vidrios impecables un espacio solitario de una galería completamente pintada de blanco que me imaginé sería el lugar ideal para exhibir mis obras. A través de los vidrios vi que estaba un personaje sentado en una silla blanca, en una mesa blanca, todo era blanco, y el caballero que estaba revisando unos documentos tenía una apariencia tan simpática que impulsado por mi instinto decidí tocarle la puerta del local. El joven reaccionó un poco con desagrado, me abrió y me preguntó en inglés qué quería. Yo, por supuesto, que no sabía nada de inglés, como respuesta le extendí un catálogo que llevaba a mano de mi exposición en Miami. Christopher Bayard, el director de la galería da testimonio de este encuentro en un libro sobre mi trabajo 10 años después:

“Mi primer encuentro con Víctor Delfín fue una tarde de otoño de 1977, cuando después de cerrarse la galería, vi a un hombre que miraba a través de la ventana mientras yo montaba una exposición. Golpeó con los nudillos pidiéndome que lo dejara entrar y yo, un tanto irritado por la interrupción, abrí la puerta para ver qué quería.

El caminar del hombre me recordaba a TORO SENTADO, el famoso jefe de los indios Sioux; no hablaba inglés y fumaba en pipa con gran dignidad mientras se las arreglaba para comunicarme con alguna dificultad que su nombre era Víctor Delfín, que era artista peruano, y que quería que yo viera fotografías de su trabajo.

Me tomó treinta segundos decidir que Delfín y la Galería Bayard recorrerían un largo camino juntos y que podía arreglar una exposición en tres meses. Sin un lenguaje común; usando una extraña combinación de inglés, francés, español y lenguaje de signos, señalando las fechas en un calendario y dibujando figuras en un papel condujimos nuestro negocio.

El trabajo de Delfín era el lenguaje común. No era necesario traducir “teorías” para captar su mensaje. Su obra habla al corazón con una universalidad que trasciende el lenguaje; captura el espíritu del observador. Los “temas” de Delfín, o más precisamente, los tótems, que aparecen una y otra vez en su trabajo son leones, caballos, toros, pescados y pájaros; los llamamos tótems porque esos son los animales en cuyo espíritu vive Delfín. Delfín no hace esculturas sobre “temas de animales”, las esculturas de animales son sobre él mismo, sobre su herencia india y española y sobre su propia mitología personal cuyo espíritu es arquetipo de lo que estos animales representan.

Con estas palabras invito a usted al mundo de Víctor Delfín, un mundo de misterio y magia para los no iniciados y un mundo de claridad, fuerza y propósito para aquellos que conocen.

En menos de lo que canta un gallo había llegado a la ciudad más difícil, a la ciudad donde había que vivir un par de años para hacerse conocido y yo gracias a mi buena estrella lo logré en menos de 24 horas. Esa misma noche, previa comida con Christopher y una intérprete que él había contratado, hicimos un pacto para exponer en Bayard Gallery, compromiso que duró muchos años y que nos unió en una amistad imperecedera”.

EL BESO

Vivía frente al mar, justo en los acantilados de Barranco. Sea verano, invierno, primavera u otoño, el artista se asomaba a contemplar la playa desde su estudio.

El imán del mar y su fuerza infinita atraían las parejas de enamorados. También pululaban de vez en cuando los borrachos, los deportistas, los vagos y los perros callejeros; y de cuando en vez aparecía una canoa de pescadores del cercano Chorrillos, atraídos por los pelícanos que habían inundado desde el amanecer la playa con su glotonería. Los pescadores sabían que era porque los peces estaban al alcance de sus picos.

En esta atmósfera repetitiva lo que más le importaba al artista  eran las parejas de enamorados,. Desde la altura del acantilado,  donde estaba su taller, veía cómo los enamorados agarrados de la mano se besaban mientras el crepúsculo ardía en el horizonte. Cuando la garúa caía, en el invierno, escaseaban las parejas, pero  las pocas parejas que llegaban, se besaban. En la primavera las cosas se ponían más agitadas: los besos y los abrazos merodeaban. En el verano la locura y el frenesí se apoderaban de las parejas con una fiebre que se manifestaba entre gritos y súplicas; y el artista escuchaba entre el rumor del mar, las discusiones que a él le dolían, y los veía como pigmeos que se abrazaban para luego distanciarse y cada cual coger su camino. Le dolía cuando los veía separarse, y esperaba expectante el regreso de él o de ella.  Generalmente se reencontraban para hacer las paces y luego estrecharse y acariciarse violentamente.

Cuando él (o ella) no regresaba, y uno de los dos se quedaba solo, el artista sentía una infinita tristeza. 

Un día cogió un poco de arcilla y trató de darle forma a estas impresiones. Después hizo múltiples dibujos: bocetos al carbón, a tinta china, en acuarela, tratando de ilustrar las experiencias de unión y desunión, de acercamiento y rechazo, de ternura y  llanto, y de violencia, que había presenciado y que le recordaban   sus relaciones amorosas.

Hasta que una tarde de invierno las imágenes empezaron a cobrar vida. Dibujó escenas de enamorados de pie, otras estrechándose fuertemente, otras sentadas mirando plácidamente el horizonte, otras caminando tomadas  de la mano, y por último, una pareja sentada en la arena, mirándose  al rostro, acariciándose los cabellos y besándose apasionadamente. ¡Eureka! ésta es la pareja. Pero, ¿iba a moldear una pareja de enamorados al estilo de Rodin? No. O, ¿una pareja apasionada al estilo de Eili………………? Tampoco. ¿Una pareja de ciudadanos elegantes, acicalados, como de las grandes ciudades que él había visitado o visto en las películas? ¿Sería el dúo a lo Humphrey Bogart e Ingrid Bergman o a lo Laurent Silberberg u Olivia Hall? No. Tenía que ser gente de su pueblo, como los pescadores de la costa, los cholos de Piura o de Chimbote o de Punta de Borbón, de Cabo Blanco, de Lobitos.

Tenía que ser una pareja de cholos de la Costa del Pacífico del Perú, con los pies descalzos; tenía que mostrar la sencillez de su ropaje, ella con su cabellera larga, sin trenzas y su vestido simple y llano de una mujer de cualquier pescador. Hizo la primera imagen, hizo otra y luego otra, hasta que por fin logró, sin refinamientos, hacer una imagen que no tenía nada que ver con los cánones de la belleza clásica del buen gusto francés, ni del estereotipo de modelo estadounidense, y se sintió feliz y orgulloso de haber propuesto un beso y lo denominó simplemente “El Beso”.

EL HUEREQUEQUE

La profusión de aves que aparecen en mi obra es producto de mis lecturas y de mis vivencias en la costa norte de mi país, en donde he pasado mi infancia.

Esos nombres tan sugestivos como Pavo Real, Ave del Paraíso,  Albatros,  Pájaro Niño, han alimentado mi fantasía desde mi infancia. Las vacaciones escolares solía pasarlas en las haciendas algodoneras de los pueblos agrícolas del valle del Chira, donde aparte de la cantidad de frutas como mangos, sandías, cocos y guayabas, hay una cantidad de pajarracos que, una vez domesticados, los lugareños los hacen hablar, como a los pericos y a los loros; y a las aves silbadoras, las soñas, que las hacen cantar verdaderas melodías. También hay cuervos pequeños negros como de metal, y una avecilla que cualquier persona que visite desde Sechura hasta Catacaos, por Bellavista, San Clemente, La Unión, escuchará su canto todas las mañanas, esta avecilla es conocida como El Chilalo: un pájaro que hace sus nidos en los árboles, elaborado con arcilla y ramitas secas que cuelgan como frutas en las partes altas de los algarrobos. Todas las mañanas esta ave cantora sale a la puertita de su nido, que es una casita en miniatura, y se echa a cantar. El canto de los Chilalos se escucha todas las mañanas en los valles del Chira.

Mi afición por los animales ha sido tan fuerte, que cuando empecé a viajar por el mundo, lo que hacía con frecuencia, después de visitar los museos, era visitar los zoológicos para ver a los animales de cerca. Es impresionante el zoológico de Buenos Aires por ejemplo, y la inmensa jaula de cristal que tienen los brasileros en el zoológico de Sao Paulo, donde la variadísima cantidad de aves que pueblan los cielos brasileros se desplazan como si estuvieran libres en el aire. En el zoológico de La Habana, los leones se desplazan con libertad en las fosas enormes que han preparado para que puedan disfrutar de la naturaleza.

Me gusta contemplar la mirada que tienen las aves rapaces, la fuerza que tienen los gavilanes y los buitres en su mirada, y la poderosa e incisiva mirada que tienen las águilas, que es tan fuerte que obligan al espectador a bajar la vista. En el zoológico de Manhattan había un gorila con el cual ya teníamos una relación casi amical porque cuando yo llegaba el gorila se aproximaba a observarme y yo a él, y yo veía en sus ojos la nostalgia seguramente por su libertad en los campos del África; y en el zoológico de Paris, los elefantes se desplazan en espacios tan abiertos que uno se olvida que están en cautiverio.

Una mañana Any, mi compañera, viendo mis bocetos de las Aves de América, casi todas construidas en grandes relieves en hierro, me dijo: “¿De dónde sacas tantas imágenes de pájaros?”, le contesté “de mis recuerdos”, y agregué “y eso que tú no conoces a un ave increíble por su figura, que es originaria de los desiertos de la costa peruana que se llama Huerequeque, sí, Huerequeque” le dije, y le describí la simpática avecita. Cuando le dije que tenía la cabeza como una bola de billar redondísima y el cuello alargado como el de un avestruz y un cuerpo aparentemente desproporcionado con su cabeza, cuello y las delgadas extremidades que parecía que se mantuviera en el aire, se interesó mucho en conocerlo, en ver de cerca a esa ave rara que yo le había descrito y dibujado.

Por coincidencia en esos días había recibido el encargo de hacer un trabajo en la Catedral de Paita para la Capilla de las Tres Cruces, y empezamos a viajar con mucha frecuencia. Any estaba obsesionada por conocer al Huerequeque, de modo que cuando llegamos al aeropuerto de Piura para luego hacer el traslado hacia Paita, Any ya había averiguado dónde y en qué parte podía encontrar un Huerequeque. No fue fácil. Tanto los taxistas como en el mercado de la ciudad decían que los días domingo traían Huerequeques a vender, pero Any no cesaba y apenas poníamos los pies en el suelo piurano empezaba la búsqueda del Huerequeque. Esta idea fija la llevó a visitar todos los mercados habidos y por haber, pero sin resultados positivos. Esta obsesión duró como 4 meses; ella ya estaba desilusionada y pensaba que el ave era una invención mía, que no existía.

Cuando ya estábamos terminando el encargo de los murales en la Capilla de las Tres Cruces, Any se sentía frustrada y un buen día al tomar un taxi para ir al aeropuerto de retorno a Lima, ella le hizo la pregunta de rigor al chofer: “¿usted ha visto un Huerequeque?”, y el chofer le contestó “sí, acabo de estar en la casa de un amigo donde hay un Huerequeque”, “¿lo querrá vender?”, preguntó ansiosamente, y el chofer le dijo “no sé, de todos modos nada perdemos en ir a verlo”. Yo empecé a sentirme incómodo porque esta travesía en busca del Huerequeque podía significar la pérdida del vuelo hacia Lima, pero cuando Any quería conseguir algo era de una tenacidad a prueba de balas y así fue como llegamos al lugar donde estaba el Huerequeque. El chofer le tocó la puerta y apareció un hombre corpulento y nos recibió muy amable, y Any le dijo que quería conocer al Huerequeque que tenían en la casa, y apareció el pajarillo en escena.

Era un animalito muy hermoso. No era tan viejo, era más bien joven. Miró tan atentamente a Any, que ella decidió comprarlo. Hicieron el negocio en un santiamén y a los pocos minutos el Huerequeque estaba acompañándonos en nuestro viaje de retorno a Lima. Le hice un espacio para que durmiera y se convirtió en mi gran amigo y compañero de mi taller. El Huerequeque es un ave zancuda, es lo que los americanos del norte llaman “correcaminos”. Es un animal que cuando es domesticado, es muy sociable, yo le daba de comer en la palma de mi mano. En una  oportunidad que nos reunimos en mi taller para organizar las estrategias en la campaña contra el déspota Alberto Fujimori y establecer las convocatorias para las marchas, los plantones, el diseño de las pancartas, el contenido de ellas, el Huerequeque estuvo en el centro de la reunión mirando a todos los asistentes, pero era tan hábil que nadie podía tocarlo. Él se aproximaba lo suficiente como para picar en la mano de los invitados las aceitunas, los trocitos de queso, o la canchita que acompañaba el vino. De vez en cuando se aproximaba a mi copa y tomaba un sorbo de vino, es decir, era el centro de atención de todos los invitados, a tal punto que cuando entraban los visitantes preguntaban por él. 

El Huerequeque se desplazaba en el taller con mucha propiedad. Correteaba, se ponía al sol en el verano, daba pasos de ballet con sus delgadísimas patitas, y de vez en cuando se atrevía a salir a la calle pero volvía, se sentía muy cómodo en el taller. Me observaba trabajar con mucha atención. Un mal día se me ocurrió hacer una serie de pequeños formatos que eran una sátira contra el sistema: Fujimori y su mafia, y usando el tubo de los chisguetes que tenía, exprimiéndolos parecían pequeños reptiles que se desplazaban sobre el lienzo, a esos pequeños reptiles, que no pasaban de 8 centímetros, les agregaba garras, una cola, todo en relieve, y como rostros les ponía la imagen de algún Fujimorista conspicuo, Martha Chávez, Martha Moyano, la Salgado, y los inefables Siura, Estupiñán, etc. Las pequeñas piezas las coloqué en la parte baja del taller para que se secaran porque no podía colocarlas juntas. El Huerequeque las confundió con bichos reales, con cucarachas o con moscardones y empezó a tratar de comerlas, en su inocencia no sabía que eran de un material venenoso.

En la mañana, cuando me desperté para poner orden en mi taller, lo encontré muerto, envenenado por haber ingerido esas sustancias tóxicas. Como buen ciudadano de la patria y miembro activo de La Resistencia, de los que nos reuníamos para luchar contra el tirano, el Huerequeque fue una víctima más de estas campañas.

A MI AMIGO ANTUCO

Llovía a cántaros y soplaba el viento con tal fuerza que decidí, empapado, refugiarme en la primera puerta abierta que apareciera en mi mísero destino, así fue como penetré en el recinto de cuanto aventurero, camionero, rufián y forajido llegaba a la Selva, a Tingo María, al bar “Las Delicias”.

Sin un cobre en el bolsillo y con un hambre de días, me apretujé entre los parroquianos que bebían pisco, cerveza o cañazo, y gritaban, se insultaban, se abrazaban, se retaban, y otros borrachos lloraban desconsoladamente sus penurias sobre el hombro de su vecino.

A mí, todo este concierto de casos, de brindis y de palabrotas me venía de perillas, después de haber vagado sin descanso los últimos días, buscando sin éxito trabajo, alojamiento y un bocado de comida.

El frío y la soledad desaparecieron automáticamente al contacto con el calor humano que exhalaban esos cuerpos curtidos, y su vocerío si bien no era una sinfonía de Mozart, eran voces humanas cuyo sonido me llegaba hasta el alma. Nadie, por supuesto, reparó en mí.

Con mi barba crecida, mi tez quemada por el sol, mi ropa deshilachada y el coraje para entrar a ese cubículo, me senté entre los parroquianos. Fui aceptado sin protocolo alguno como un miembro más de esa cofradía de machos solitarios y deslenguados.

Una figura delgada, huesuda, en mangas de camisa tan limpia como su sonrisa apareció en el umbral de la cantina. Su rostro tenía un talante alegre y tristón a la vez, destacaban sus celestes ojos, su corto y rizado cabello color castaño y un aire de libertino que no se lo quitaba nadie.

Ingresó como un zorro entra a su madriguera, seguro de estar en su ambiente, y como todo personaje carismático, no pasó desapercibido para nadie. Como un director de orquesta que echa una mirada crítica a los componentes antes de empezar el concierto, advirtió con una mueca de disgusto que ésta estaba desafinada. Se sentó junto a mí y de lleno me dijo como si me conociera de toda la vida: “arrímate al fogón”, luego añadió “¿y ahora qué me hago con este conjunto de borrachos?, yo que venía preparado para jugar una larga partida de dados”. “¡Centurión!”, exclamó levantando la voz. “¡¡Centurión!!”, volvió a repetir con tono más enérgico, “desahuévate Centurión, tírame el cubilete, los dados y una cerveza al polo”.

Su voz era melodiosa, acentuaba bien las frases y hasta la interjección sonaba amable. Luego volteó hacia mí su rostro.

LA SELVA II

Mi segundo encuentro con el personaje de la sonrisa despostillada sucedió  meses después que me interné en la Selva. Dicen que las “cabras tiran para el monte”. Esta vez yo volví al pueblo, sediento de un trago de licor, del humo y el ajetreo de las cantinas y, por supuesto, en busca de la tibieza de un cuerpo de mujer.

Sin dificultad encontré la cantina de mis inicios, donde sabía que iba a encontrar quien me orientara por los senderos que me interesaban.

Por alguna razón matemática, el lugar que buscaba estaba en el centro mismo de la calle más activa y larga de Tingo María. En un llamativo cartel con unos tropicales cocoteros de color amarillo y tallos verde esmeralda sobre un paisaje de tonos verde-azulados, bajo un cielo de rojos y naranjas resplandecientes, se leían unas letras desteñidas por el sol y la lluvia: BAR LAS PALMERAS.

EL OCASO DE UN GRUPO

Fue por los años 60 que se inició el Grupo Arte Nuevo, y yo estaba recién llegado de Chile. Al llegar a Lima, los jóvenes artistas estaban heridos porque no habían sido invitados a participar en la I Bienal de Lima. Eso les sonaba a que no los tomaban en cuenta a pesar de que eran los jóvenes más activos creativamente en la ciudad. Yo tenía 34 años y ellos oscilaban entre los 24 y los 30. Lo conformaban Emilio Hernández, Jaime Dávila, José Tang, Luis Arias Vera era el mayor de ellos y el más entusiasta, recién llegado de la Argentina,  y que traía todos los insumos creativos que ya se desarrollaban en Buenos Aires, donde el gran mentor de estas ideas era Jorge Romero Bress, director del Instituto Ditella de Buenos Aires.

En un café adjunto a la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA) llamado “El Hueco en la Pared”, se reunían estos jóvenes rebeldes. En toda ciudad siempre existe un grupo que lidera las inquietudes de la juventud, ya sean artísticas o políticas.

Para mí, que había aprendido algo de estas inquietudes, sobre todo en política cuando participé en las marchas contra el gobierno de Chile, cuyo Presidente Alesandre era muy discutido antes de la llegada de Salvador Allende al poder.

La verdad es que yo he sido siempre poco influenciable por las novedades, pero en el fondo estaba haciendo un trabajo diferente al académico, que consistía en utilizar materiales distintos al óleo y con soportes de madera que los denominaba retablos, donde introducía piezas de metal, de bronce, latas recicladas de leche y por último, a medida que avanzaba mi experimento me interesé por el Plexiglass (acrílico), de colores vibrantes y primarios.

Si a eso se le llamaba Vanguardia, yo no me había enterado todavía. Primero porque no sé hablar inglés; segundo porque no hojeaba las revistas que venían de New York, mucho menos las francesas y alemanas; y tercero porque soy reacio a hojear revistas donde vienen ilustraciones de artistas, porque no creo que me sirvan para algo. Tengo entendido que la creación es un trabajo personal, único e intransferible. Lo cierto es que yo he desconfiado de los innovadores argentinos, mucho más de los que llegan de Buenos Aires, que en general son unos fanfarrones. De modo que inconscientemente estaba experimentando con nuevos materiales y si me uní a los jóvenes del grupo Arte Nuevo más fue por su contagiosa rebeldía y su descontento con el status cultural de Lima que siempre ha tenido la mala suerte de ser manipulado por algunas instituciones conservadoras, particularmente por el diario  El Comercio, que ganaría todos los premios por manipular no sólo las actividades creativas de la ciudad sino también por sus intervenciones parcializadas en la política peruana.

Cuando me invitaron a participar en el grupo Arte Nuevo, empecé a trabajar con mucho ahínco hasta sus últimas consecuencias como es mi estilo. Ellos habían invitado a otros adherentes que producían una obra distinta a los estándares que se estilaba en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en la facultad de arte de la Universidad Católica. Entre ellos estaba Teresa Burga, Gloria Gómez Sánchez y Luis Zevallos. Todos ellos repito, haciendo trabajos fuera del contexto conservador y académico que estilaba la ciudad.

La I Bienal de Lima, se sospechaba, yo no tengo la certeza, que había decidido premiar con anticipación a Roberto Matta de Chile, en el premio internacional y cuando no, a Fernando de Szyszlo en el nacional. Esto nos llevó a ser concretos en nuestro cuestionamiento al arte oficial…………………………………………………………………. Párrafo (Emilio Hernández).

A parte de la colaboración de Emiliano Martínez que nos proporcionó un espacio frente al Palacio de Gobierno, que en su origen parecía haber sido el hangar de los tranvías de Lima, y que dicho sea de paso era una mugre, pues me pasé en compañía de Estela, mi compañera, fregando el piso 48 horas para sacarle la mugre y tenerlo más o menos decente para el día de la inauguración.

El polifacético Felipe Buendía hizo una parodia del ex presidente  Manuel Prado, con sombrero de tarro y vestido de smoking, inauguró la improvisada galería en una performance que hasta ahora recordamos, y llevaba el nombre original de “El Ombligo de Adán”.

Cuento esta historia con melancolía y con un cierto matiz de tristeza. Emilio Hernández, uno de los inquietos jóvenes que formaban este grupo, ha terminado haciendo paisajes, retratos, cosas muy figurativas, Luis Zevallos consume su talento haciendo copias para vender en el Parque Kennedy de Miraflores, José Tang murió prematuramente sin dejar absolutamente una obra que podría significar su paso por la vanguardia. Jaime Dávila herido por el alcohol e incapacitado para desarrollar su talento; salvada por el tiempo murió Gloria Gómez Sánchez dejando  una obra respetable. Luis Arias Vera está todavía activo en España -espero que sea consecuente con sus sueños-. Felipe Buendía desapareció tempranamente. Gilberto Urday murió en la Argentina muy joven por causas desconocidas.

PRÓLOGO BIOGRAFÍA

“Es la segunda vez que dos personas: un editor, y un reconocido periodista me piden que haga una auto-biografía. Escribir una auto-biografía me ha parecido siempre una manera muy pretenciosa de poner en evidencia los hechos y las experiencias individuales más íntimas de un ser humano. Me suena igual que una retrospectiva de arte. Me parece ridículo que a un artista, por el hecho de ser veterano,  se le haga una retrospectiva de sus obras. La retrospectiva debe de ser el tributo que se le dedica a una personalidad creativa después de un largo proceso de asimilación de su obra y de una crítica exenta de pasiones y de favoritismo.

Yendo al asunto de la auto-biografía he estado reflexionando mucho sobre el destino de cada ser humano o de los seres humanos en general, y para ilustrar esta idea apelo a la literatura y a lo hermoso y acertado que encuentro en algunos autores, por ejemplo: acabo de terminar “Cámara de gas” de John Grisham, es la historia de un personaje que desde niño vivió la violencia del racismo en los Estados Unidos durante la época del apogeo del Kukuxklán, creada por la intolerancia blanca y por el desprecio hacia la raza negra. En ese ambiente este personaje pudo observar desde su infancia que maltratar a un negro, lincharlo y hasta dispararle un tiro por un quítame estas pajas, era lo más natural y creció inmerso en la idea del odio hacia la raza negra, obviamente que esta actitud lo llevó hasta ser partidario de un crimen espantoso y por esa razón terminó sus últimos días en prisión y candidato a ser condenado a muerte en la cámara de gas. Cuando hizo un recuento de su vida se percató de cuán equivocada había sido su existencia, pero ya no tenía sentido reprogramarla después de casi 60 años de vida y 30 años consecutivos en una cárcel.

He leído apasionadamente la vida de Mozart, su infancia, la tremenda deferencia que tenía su padre por él, y cómo lo guió y cómo lo apoyó para que este genio desarrollara su talento de la forma más óptima, a tal punto que componía un sinnúmero de sinfonías como si fuera lo más natural del mundo, mientras por otro lado según las biografías que he leído de Beethoven, este genio tuvo una infancia muy triste, dramática, acosado por la miseria y por el maltrato de los mayores que lo rodeaban.

Alguna vez cuando yo tenía 45 años y empecé a ser conocido, los periodistas ecuatorianos tuvieron la ocurrencia de hacernos una entrevista a Oswaldo Guayasamín y a mí  de forma simultánea en el taller de Oswaldo, en Quito. Las preguntas estaban relacionadas con nuestra vida: mientras Oswaldo, el gran maestro ecuatoriano, hablaba de su infancia dolorosa, narrando la forma cruel como su padre lo despertaba en las mañanas con una zurra de azotes, yo, en el mismo espacio, hablaba de lo tierno y cariñoso que era mi padre, de lo bien que nos llevábamos y que había tenido la infancia más linda que alguien haya podido tener.

Por otra parte, mientras yo vivía mi primera infancia en el campamento petrolero donde me crié, vivíamos en unas casas construidas en el campamento inglés, en casas de madera que eran pequeños bloques de cinco viviendas habitadas por los obreros de tal compañía. La verdad es que en mi familia vivíamos en un mundo tan inmerso en nuestros juegos, conversaciones y en un ambiente tan grato que no nos interesaba absolutamente la vida de los vecinos y ese estilo lo he mantenido durante toda mi existencia, el de no interesarme por la vida privada de los demás en absoluto. Nuestra familia vivía una vida privada, armónica, con ligeras asperezas que inmediatamente eran aplacadas por la seriedad de mi madre y la bondad de mi padre.

Vivía junto a la casa nuestra un niño que durante todas las mañanas lanzaba unos gritos desgarradores que eran tan insoportables que yo le pregunté a mi hermana Elvira qué era lo que pasaba con los vecinos, y ella me respondió que era un niño muy indisciplinado, no iba a la escuela ni hacía sus tareas, y por eso tal vez era azotado todas las mañanas por sus padre.

Pasaron los años y un día que llegué al puerto del Callao donde vivía mi hermano Ernesto el marino y atravesé por el Ovalo a tomar el tranvía, de pronto vi una pareja de alguaciles que llevaban a un joven esposado, lo miré fijamente y era el niño al que su padre azotaba todas las mañanas en el lejano desierto de mi pueblo.

Mi conclusión es que el ser humano, el niño, hombre o mujer que viene al mundo es el ser más desprotegido del universo, depende del lugar, del ambiente donde da sus primeros halitos de vida. Si esa criatura hombre o mujer nace en un ambiente de miseria y de promiscuidad, es probable que no tenga futuro; por otro lado, si tiene la fortuna de nacer en un ambiente donde hay armonía y hay verdadero amor por los niños, esa criatura está salvada. No depende, pues, de la educación ni del trabajo que se hace a posteriori, en la infancia está el germen de nuestras alegrías y de nuestras desdichas, y ahí la vitalidad o el amor a la vida se desarrollan o se niegan. Yo tuve la suerte de ser un niño que nació en una atmósfera de armonía, de ternura y de tolerancia. Ahora sí puedo contarles algo más de mi vida.

A los 83 años de existencia, tengo muchos motivos para amar esta hermosa vida, para disfrutarla mejor. Camino con una mochila bastante ligera de peso, me he despojado de todos los prejuicios posibles. Trato de vivir de acuerdo a lo que pienso y a lo que digo. Hace tiempo me he desposeído de esa tontería de creer que hemos venido a esta vida a competir con los demás, a demostrar que somos los mejores en nuestras actividades, a creer que mientras más poseemos más importantes somos, a suponer que somos nobles sin demostrarlo en la práctica y que somos valientes cuando afrontamos situaciones difíciles. Todo eso no es más que parte del oficio de vivir. Tal vez porque he vivido en una batalla de contrastes desde mi infancia, con días de abundancia y de estrechísima escasez. O porque he conocido el hambre y el hartazgo. Quizá porque casi todo lo que he deseado y soñado desde niño lo he logrado.

He sido un navegante solitario, pero con el viento a su favor, un navegante que la marea ha llevado a puertos o playas llenas de alegría y de placer.

De la vida no espero nada. No espero ni premios ni becas ni recompensas, porque la labor que ejecuto todos los días me da tanta satisfacción que me siento recompensado y altamente gratificado. Si viniera una enfermedad terminal la aceptaría con el mismo coraje que he aceptado el hambre y la miseria, la ingratitud y el olvido. No pido ninguna indemnización, ni jubilación porque me siento todavía con mucha fuerza interior. Si alguna factura tengo que pasar a mi destino es una enorme  cifra de agradecimiento porque he sentido la dicha en mi pellejo, he conocido el placer de la carne, he disfrutado la alegría de la amistad, he visto otros mundos y me he llenado los ojos de las bondades de la naturaleza, he saboreado manjares exquisitos y he amado a mi familia, a mis hijos, a mis amigos, a mi patria, y los sigo amando.”

INFANCIA

Me preguntas por mi infancia. ¡Qué larga y hermosa fue mi infancia! Nací en un lugar donde la arena brillaba como oro, todo era dorado por el sol. Y la playa, era de un ocre amarillo que hasta ahora lo tengo en mi cerebro y lo repito constantemente en mis trabajos. Y caminando por la playa descalzo, de niño contemplaba las enormes olas del mar de Cabo Blanco, o de Lobitos, que es lo mismo porque es la misma playa. Al fondo, de un azul a veces verdoso, a veces gris, el mar igual que el cielo. De pronto aparecía el sol y todo se iluminaba, todo adquiría fuerza, adquiría color, y mi cuerpo, de niño flaco y debilucho, se llenaba con esa energía y sentía que mi padre, el obrero Ruperto Delfín, me abrazaba. Y corría por la playa, a veces con mi hermano Ruperto, el sordomudo; a veces con Ricardo o Santiago, a veces solo, aparentemente, porque siempre estaba por ahí mi familia para cuidarme.

¿Cómo fue mi infancia? Múltiple, terrible. Creo que no ha habido  niño en el mundo más malcriado y más engreído que yo. Creo que nadie puede competir conmigo en rabietas, nadie puede competir conmigo en engreimiento, nadie puede competir conmigo en berrinches. Yo era un niño cruel, egoísta,  irrespetuoso y rebelde. No sé qué queda de eso, pero creo que era lo que se llama: un niño de mierda. Cuando mis padres iban a una reunión y me llevaban, todos los vecinos criticaban mi comportamiento: “Un par de palmadas a ese muchacho, dos cocachos, yo lo manejo”, mi padre los miraba y sonreía. Yo era intocable, nadie se atrevía a ponerme la mano. Mi padre, que tenía unas manazas de herrero, jamás me puso la mano sino para acariciarme, para contemplarme como si fuera una joya, era el menor de todos.

Mi madre era fría, con ciertos rezagos de ternura que le quedaban después de haber amamantado a ocho o nueve hijos, dos creo que murieron en el camino. Y esperaba tener otra hija mujer porque tenía una sola: Elvira. Hermosa y buena y grande hermana, y quería repetir el plato y le salió el tiro por la culata. Recuerdo que me vestían como mujer y me hacían trenzas como si yo fuera una niña. Yo ni me daba cuenta, no me interesaba, yo me sentía el rey del planeta, el niño más poderoso que existía. Todo lo que pedía me lo daba mi hermana o mi padre, o mis hermanos. Todos me protegían. De vez en cuando me caía un cocacho por malcriado y yo lo multiplicaba por veinte: “!Mamáaaa, Elvira, Ricardo me ha dado veinte cocachos!”, y si me empujaban, si alguien osaba ponerme la mano, yo decía: “Me han dado veinte empujones”. Multiplicaba con una facilidad increíble. Era exagerado y siempre lo he sido. Exageraba en todo. Exagerado para dormir. Me oriné en la cama hasta los ocho años. Mi hermana pacientemente me soportaba, y mi madre renegaba. Mi padre decía que era por el momento porque era un niño muy pequeño. 

MI TÍA VENTURA

Un día apareció en mi infancia una criatura hermosa para mí, bella para mí, delicada para mí, protectora para mí, la princesa para mí. Tenía cerca de ochenta años, era elegante, flaca, espigada, como todas las mujeres que siempre me han gustado. Parece que marcó mi infancia para siempre. Era una vieja horrible para los demás, tenía la nariz larga y los ojos pequeños y azules. Era elegante. Dentro de sus pertenencias tenía un baúl donde guardaba lo que ella denominaba “sus tesoros”, y no le permitía a nadie, en la casa, que lo tocaran. El único privilegiado era yo por supuesto, su pequeño,  su engreído, y a los otros los alejaba con su destemplada voz: “¡Fuera de acá, indios de mierda!” decía. Mis hermanos merodeaban alrededor del baúl y de sus pertenencias que eran exóticas, había telas finísimas, parasoles, mantos, hasta boquillas femeninas de marfil para fumar. Eran indumentarias tan extrañas para las costumbres de ese pueblo enclavado en el desierto, donde la mayoría de sus habitantes y la clase en particular a la que pertenecía mi padre, era gente campesina, emigrantes de las haciendas del valle de Sullana y de Piura, o pescadores de los puertos de Paita, de Colán, o campesinos de Tumbes, y por supuesto la colonia de ingleses que no era muy sofisticada.

Recuerdo ese baúl con mucha nostalgia. Era un baúl negro, de cuero, que cuando levantaba su tapa, aparecían pegadas en la concavidad, hermosas figuras de mujeres, que eran como barajas de naipe que salían de los jabones de esos tiempos. Era la propaganda con que se vendían los productos de belleza de la época. Me llamo, repetía, Zoila, Buenaventura, Delfín, Atiaja, y subrayaba cada palabra como si fuera un título de nobleza de una zarina de todas las rusias, como si fuera la reina Victoria de Inglaterra, y marcaba la diferencia con los demás acentuando que era de una distinta etnia, que era una noble dama que había llegado por equivocación a las tierras del norte del Perú. Su padre la había traído no sé a qué edad con su hermana Carlota, que murió de locura a los veinte años (es innegable que pertenezco a una familia de locos). Para ella existía solamente un mundo ideal: Lima, Madrid, París y Londres, y vivía del recuerdo de un amante y de la fortuna que este tenía.

Cuando me acerqué por primera vez al caudal de sus tesoros,  quedé maravillado. Mi imaginación de niño, que siempre fue  desbordante, se sintió más estimulada. Pero la verdad es que no eran tesoros, lo que había era una cantidad de cachivaches, del resto de su pasado seguramente: frascos despostillados de color azul, añil y violetas, con bordes dorados; porcelana finísima hecha pedazos, de platos de vajilla de cebres, trozos de piedras de turquesa y lapislázuli, pedazos de vitrales con colores cerúleos, amarillos y verdes, conseguidos al fuego, boquillas de plata, de plaqué y de bronce, sellos de hierro y monedas de piedra. Una colección de barajas españolas e inglesas. Abalorios y piedras ámbar, y cuanta bisutería posible. Relojes antiguos de tres tapas, con cadenas truncas de plata. Postales de sus familias o de hermosas damas aristocráticas, daguerrotipos de comienzos de siglo, miniaturas de dibujos de manufactura inglesa o del oriente, collares sin ganchos, joyas de pacotillas que ella había usado seguramente en su juventud, lazos de seda azul, violeta, cartas, muchas cartas de amor seguramente empaquetados con cintas rosadas y azules prolijamente seleccionadas, juegos de dados, en suma, parecía el laboratorio de un mago. El cofre medía un metro veinte aproximadamente de largo por unos sesenta centímetros de altura, parecían las pertenencias de una bruja.

¿De dónde salió esta bruja?, detestada por todos y adorada por mí. Curiosamente no tengo un retrato de mi madre legible, y sí guardo una fotografía de ella que me ha acompañado toda mi vida. Qué extraña relación se produjo entre un niño y una mujer que tenía todos los vicios que yo detesto: racista, tacaña, acumuladora de joyas, soberbiamente déspota, elitista. Sin embargo, mi padre con su ternura y mi madre con su fraternal manera de ver el mundo, no pudieron neutralizar esta influencia. Para mí la explicación es que debe haber venido en una de las tantas olas de emigrantes procedentes de Europa, en su mayoría mercaderes judíos que llegaron a estas playas para explotar hasta sacarles la sangre a los ignorantes pobladores de estas tierras, sino, no nos explicamos las fortunas que han hecho los Goldemberg por ejemplo, los Ladirescoa, los Balmaceda, los Cabredo, los Seminario, cuyo máximo exponente son los Romero.

No me queda la menor duda de que a esa etnia pertenecía mi tía Ventura, hermana de mi abuelo don Ernesto Delfín Atiaja. Es obvio que mi mestizaje viene por línea paterna, cuando mi abuelo se une a doña Filomena Mendives, de ascendencia  negra, y mi padre, don Ruperto Delfín, a su vez, amplió la diversidad racial, cuando se une a una india legítima de Sechura llamada Santos Ramírez Puescas.

Para mí es muy fácil diferenciar estos orígenes étnicos a través de los apellidos, como por ejemplo, en el Altiplano, los apellidos Condori, Páucar y Mamani son muy frecuentes, y en el norte del Perú, los más conocidos son Puescas, Llamunequé, Yarlequé, Ipanaqué, Chunga, Periche, etc.

Mi tía vivió 115 años. Tuve el privilegio de verla irse como un pajarito herido cuando yo tenía la edad de 23 años.

LA BOHEMIA

Creo que fue un día de mierda como hoy, un jueves como es hoy de verano, en el que un grupo de estudiantes de la escuela de Bellas Artes, nos reuníamos como de costumbre en la esquina de la Plaza San Martín, justamente en la portada del Cine Colón. Solíamos reunirnos ahí a partir de las ocho de la noche para hacer un balance del día, que generalmente era desolador. Vivíamos en distintos barrios de la ciudad, unos en Surquillo, algunos en Miraflores y yo en el Cercado, y no faltaban algunos de Chorrillos.

El asunto era que las clases concluían en diciembre y a partir del 01 de enero se terminaba para los más talentosos el sustento de una beca que sustancialmente consistía en desayuno, almuerzo y comida.

De abril a diciembre nuestros estómagos no sufrían altibajos: sendos desayunos con café con leche y pan con mantequilla, opíparos y variados almuerzos con frejoles, papas, bistecs, tallarines y todo lo que un estómago juvenil puede desear, incluyendo postres y refrescos.

Pero a partir del 01 de enero, todo gato se agarraba con sus uñas, la mayoría se iba a su provincia a ver a la familia, y los que no teníamos perrito que nos ladre, nos quedábamos en Lima buscando la manera de sobrevivir. En general, el trabajo más común que encontrábamos era el de obrero de construcción, lo que significaba ser muy fuerte físicamente para cargar bolsas de cemento en la espalda, enormes maderas para los andamios, y tener agallas para soportar el calor durante diez horas consecutivas. Pero los estudiantes que se quedaban en Lima ocupaban automáticamente esas plazas, es decir, los más forzudos, el resto pateaba latas, si es que buscaba alguna chamba más fácil.

Eran así como pasábamos los días en la temporada de verano,  para tener unos cuantos billetes para satisfacer nuestras necesidades. Los que no teníamos la suerte de encontrar algo, vagábamos por el Centro de Lima, por los bares, por la única galería de arte que existía  esperando una mano amiga que nos invitara a un café, un té o una gaseosa, pero en general, en el verano, la Plaza San Martín, que era nuestro teatro de operaciones, lucía vacía pues los pocos que se quedaban en Lima, se refugiaban en las playas de La Herradura de Chorrillos, de Punta Hermosa y San Bartolo, de modo que La Bohemia entraba a receso hasta que por fin, gracias al frío, se animaba en los primeros días de abril y la garúa intermitente de Lima se acentuaba. Los que estábamos rezagados y no teníamos dinero para ir a provincia alguna o a la playa o a ninguna parte, nos reuníamos después de haber pasado nuestro día en busca de algún trabajo, cachuelo o algún encargo.

Llenos de frustraciones, sudorosos, agotados, llegábamos a nuestra esquina preferida a consumir lo que quedaba del día inventando anécdotas para hacer que la noche no fuera tan triste y desdichada. Zapata decía, “he caminado hasta Chorrillos para nada”, Pantoja agregaba sonriente que su úlcera no lo había  dejado tranquilo y que su estómago estaba reclamando por lo menos algo caliente. Alberto exclamaba “¡he dado cien vueltas con mi carcocha y no he podido hacer ni un puto taxi, para mañana no tengo ni para la gasolina!”, el petizo Basurco entonaba una canción romántica y decía “bueno… qué mierda, así es la vida de los artistas”, con los brazos cruzados, cansados de caminar por esas calles mugrientas y soleadas de Lima. De pronto Manuel exclamó “¡muchachos, de aquí a una cuadra tiene su taller Zamorita!, ¿por qué no vamos a visitarlo y de paso nos tomamos un té en su taller?”. Ante esta llave maestra que abría la puerta para salir de la situación nos encaminamos todos al taller de Zamorita.

Había que subir unas escaleras destartaladas y por fin estábamos en el mencionado taller. Zamorita nos recibió con una sonrisa amical y nos dijo “pasen adelante muchachos”. Zapata, que es el más íntimo de él, inmediatamente aborda la situación y dice “estamos en la calle, amigo mío, ¿podrías prepararnos un té para los cuatro?”, Zamora le contesta “qué pena, no hay ni té ni azúcar, lo siento, estos días son muy difíciles”, entonces Zapata exclama “¡Puta madre!, ya que no hay ni té ni azúcar, por lo menos me voy a tomar una taza de agua”. Se aceró teatralmente al caño del pequeño taller, puso la taza debajo del caño, lo abrió triunfalmente, esperó un segundo la caída del agua, del ducto del caño sale solo un sonido terrible, desgarrador para nosotros “¡¡¡¡ggggggghhhhhh!!!”. En el taller de Zamora no había ni agua.